“Al infierno los cuerpos”: el transhumanismo y el giro postmoderno de la utopía.



Martorell Campos, F. (2012). “Al infierno los cuerpos”: el transhumanismo y el giro postmoderno de la utopía. Thémata. Revista de Filosofía, 46, 489-496.



Resumen: Se ha convertido en habitual afirmar que en la postmodernidad la utopía deja de ser viable. No es cierto. La postmodernidad produce sus propias utopías. Al examen del transhumanismo, quizás la más representativa de ellas, se presta este artículo. Objeto rector de estudio, las vicisitudes del cuerpo en la utopía citada. 


Ni qué decir tiene que infinidad de acusaciones vertidas en perjuicio del transhumanismo son correctas.Pero al combatir una doctrina cuyas promesas remueven los afanes primarios sus efectos disuasorios se reducen. 


No hay nada malo en querer suprimir la enfermedad, el envejecimiento y la muerte con medios tecnológicos. Que el camino para lograrlo implique despedirse de la naturaleza (¿no lo habíamos hecho ya?) y manipular la condición humana (¿la hay?) es lo que resulta intolerable para muchos opositores. 


Mas a mi entender lo cuestionable del transhumanismo reside en el modelo de utopía que personifica, una utopía mesiánica, tecnocrática y sensacionalista, de un reduccionismo cientificista rayano en el ridículo, ingenuamente voluntarista, colindante con la simple ideología, renuente, al contrario que las tecnoutopías anteriores, a insuflar política igualitarista a su propuesta y despejar las serias dudas que suscita. 


Una utopía, aquí yace el quid de la cuestión, postpolítica, egocrática, consuelo del narcisista postmoderno, abducido únicamente (y en dicha exclusividad yace la tara) por angustias personales, entre ellas, de manera preferente, la caducidad del cuerpo (cremas anti-arrugas, dietas anti-edad, antioxidantes, cirugía estética, sesiones de gimnasio, prendas juveniles entrados los cuarenta...)

Cierto es que el empeño de la prolongación vital siempre levantó simpatías dentro del utopismo clásico. 

No obstante, su comparecencia pecaba de anecdótica cotejada con los comentarios minuciosos dedicados a la jornada laboral, el sistema pedagógico, la planificación demográfica, la abolición de la propiedad o la arquitectura. 

Con la venida del transhumanismo las cosas cambian. El impulso de inmortalidad desbanca al impulso de justicia, y la salud del cuerpo social a la salud del cuerpo individual. Tal relevo acarrea una consecuencia nodal. 

Mientras que la utopía clásica aspiraba a la transfiguración del conjunto de ámbitos en pos de la vida no alienada, la utopía transhumanista aspira a la transfiguración de un único ámbito (el biológico) en pos de la supervivencia ininterrumpida. Lo peor, con todo, no radica en esta merma de la acción utópica. El éxito del transhumanismo demuestra que actualmente nos es más fácil imaginarnos a las generaciones futuras emancipadas de la muerte que emancipadas de la injusticia, que no poseemos ni somos capaces de imaginar alternativas al régimen político-económico vigente, teniendo que proyectar la esperanza allende lo político. Y eso, no la cyborgización, sí que intimida de verdad.

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