Tomás de Celano: VIDA PRIMERA DE SAN FRANCISCO Introducción: Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.

 

DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Celano: Vida primera de San Francisco (1 Cel)


 


Tomás de Celano:
VIDA PRIMERA DE SAN FRANCISCO

Introducción: Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.
Traducción: Francisco Sagüés, o.f.m.

Texto tomado de:
San Francisco de Asís.
Escritos. Biografías. Documentos de la época.
Edición preparada por José Antonio Guerra, o.f.m.

Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 399)
Madrid, 1998, 7ª edición (reimpresión), págs. 135-228.


Introducción
por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.

Tomás de Celano ingresó en la fraternidad en 1214 ó 1215, cuando San Francisco regresó de

 España, renunciando a su proyectado viaje a Marruecos.

 «Dios en su bondad -escribe él mismo al referir el hecho- tuvo a bien acordarse de mí y de

 muchos otros... A poco de la vuelta del Santo a la iglesia de Santa María de la 

Porciúncula, se reunieron a él resueltamente algunos letrados y nobles» (1 Cel 56s).

Al número de esos letrados, que Francisco recibía con alborozo aun a sabiendas de que en

 manos de ellos se pondría a prueba la sencillez evangélica inicial, pertenecía Tomás. 

No figuraría entre los «compañeros» íntimos del Fundador; pero, por su cultura y por 

la amplia experiencia de la difusión de la Orden, poseería una visión más realista que ellos 

del ideal común. En 1221 formó parte de la expedición a los países germánicos. 

En 1223 estaba al frente, en calidad de custodio, del grupo de hermanos de la región renana. 

En 1224 regresó a Italia. Asistió a la canonización del Fundador el 16 de julio de 1228 

en Asís y, asimismo, a la traslación del cuerpo del Santo en 1230. 

Debió de residir habitualmente en Asís, o al menos aquí trabajó en diferentes 

tiempos en la composición de la Vida segunda, del Tratado de los Milagros y de la Leyenda 

de Santa Clara. Parece que pasó los últimos años de su vida en su tierra natal, los Abruzzos. 

Murió en Tagliacozzo hacia 1260.

Hombre de amplia cultura eclesiástica, hábil escritor y buen latinista, era también poeta.

 La crítica ha vuelto a atribuirle la paternidad de la secuencia Dies irae

Y no le faltaba el vuelo oratorio, efectista, que aparece en muchos pasajes de sus obras. 

Teólogo y moralista, pero no hombre de cátedra, tiene una visión del mundo y de los 

acontecimientos muy dominada por los esquemas ascéticos tradicionales.

La «Vida primera» (1228)

Afirma Celano en el prólogo que se puso a escribir la vida de San Francisco por orden 

del papa Gregorio IX, quien con fecha 25 de febrero de 1229 daba su aprobación para 

que fuese difundida.

Esta conciencia de estar escribiendo la biografía de la canonización como un servicio a la 

Iglesia, hace que prevalezca, en la manera de narrar y de comentar, la intención de edificar 

al pueblo cristiano. Al hablar, por ejemplo, de la conversión del joven Francisco, pone el 

acento en la mala educación recibida de sus padres, para hacer en seguida la aplicación, 

moralizando: 

«Esta pésima costumbre, en efecto, está cundiendo entre los cristianos... de dar a los 

hijos una educación permisiva y disoluta» (1 Cel 1). 

Era natural, por otra parte, que el autor cediese al deseo de enaltecer la figura del papa, 

primero como cardenal Hugolino, luego, como Gregario IX (véase 1 Cel 73-75. 99-101. 121). 

Y era natural, asimismo, que se dejara llevar de cierta adulación hacia el hermano Elías, 

ministro general en los últimos años de la vida del Santo. 

Aunque no lo era mientras Celano escribía, todo el mundo le miraba como el hombre en 

cuyas manos estaba el destino de la obra de Francisco (véase 1 Cel 95. 98. 108s). 

Pero en 1246-47, cuando Celano redactaba la Vida segunda, Elías estaba excomulgado y su 

memoria era denigrada; por ello, además de evitar nombrarlo ni una sola vez, lo 

denunciará como usurpador jactancioso de la última bendición del Fundador (2 Cel 156. 216).

Celano indica en el prólogo cuáles fueron las fuentes de información de que se sirvió. 

Ante todo, el mismo Francisco: «Lo que escuché de sus propios labios»; y después, otros

 «testigos fieles y serios». No le fue difícil disponer de abundante información de primera 

mano a los dos años de la muerte del Santo. 

Pudo haberse servido también, y ciertamente lo hizo por lo que hace a los milagros,

 de las deposiciones recogidas en el proceso de canonización (véase 1 Cel 123-25. 127). 

Y es este valor de información inmediata lo que comunica a la primera biografía el tono 

peculiar de sinceridad y de realismo humano, sin el halo de la heroicización posterior, no 

obstante los tópicos hagiográficos, que no han podido menos de obrar sobre el autor. 

Está comprobado, en efecto, que tuvo delante modelos clásicos de vidas edificantes, como 

la de San Martín de Tours, escrita por Sulpicio Severo, y la de San Benito, escrita por San 

Gregorio Magno. Pero, cuando se desentiende de tales tópicos y, olvidado de los cánones 

retóricos del cursus, deja correr espontáneamente la narración, nos ofrece toda la 

originalidad de la figura de San Francisco y el cuadro vivo y emocionado de la vida de la 

fraternidad inicial.

La disposición del libro obedece, como lo declara el mismo Celano (Pról. 2), a una expresa

 intención cronológica en la sucesión de los hechos. Divide la materia en tres partes. 

La primera abarca los hechos de la vida de Francisco y los pasos de la fraternidad desde el 

nacimiento hasta la estigmatización (1224).

 La segunda describe los dos últimos años y la muerte.

 La tercera, los hechos relacionados con la glorificación de Francisco.

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