La espiritualidad Pablo D´0rs

La espiritualidad PABLO D' ORS 16/05/2021 - 09:30 En su tercera columna Pablo d' Ors, nos habla del significado de la espiritualidad y de qué forma influye su incorporación a la vida.
 


Pablo d' Ors

El alma siempre es virgen, saberlo y vivir en consecuencia es lo que llamamos espiritualidad. Claro que lo más probable es que ese territorio virgen que somos haya quedado más o menos dañado y oscurecido tras los muchos embates de la vida. Hemos perdido -es de suponer- mucha de la inocencia que teníamos cuando niños, y las tinieblas se han ido adueñando de nosotros en sus diversas formas: la indiferencia ante el destino ajeno, el encerramiento en lo propio, la indolencia, la vanidad...Nadie puede negar tener pensamientos oscuros o emociones tóxicas. También, probablemente, hábitos perniciosos y comportamientos egoístas.

Sin embargo, por extendidas y arraigadas que puedan estar en nosotros todas estas negruras, es casi seguro que en algún rincón de nuestro ser persiste algo inmaculado y, como decía, virgen: un punto, aunque sea minúsculo, en el que se mantenga nuestro ser puro y original. No, definitivamente todo no ha sido profanado. Por mucho que la vida nos haya dado fuerte, nos queda un reducto sagrado. Esa es la esperanza de quien practica la meditación: llegar a ese punto virgen y descubrir que ésa, precisamente esa, es su naturaleza original.

Esta naturaleza original, pura e inocente, se nos ha olvidado hasta tal punto que necesitamos que alguien nos invite a mirarnos por dentro para poder descubrir lo que somos. Por eso, probablemente, estamos leyendo este artículo. Porque necesitamos de alguien que nos explique que sufrimos porque hemos dejado de creer en la belleza y en el bien. Alguien que nos recuerde que nuestra identidad más profunda es virgen y fecunda, vacía y plena, ambas cosas, por contradictorias que parezcan. Hablar de plenitud y vacío es poco más o menos lo mismo que hablar de dar y recibir, de entrar en la virtuosa circularidad de la acogida y la donación. Porque vivir es eso: inspirar y espirar, acoger y entregarse, ambas cosas.

Ese alguien capaz de despertarnos es lo que se conoce en muchas tradiciones de sabiduría por ángel. Él ángel es la imagen de lo invisible, el arquetipo de lo espiritual. La dimensión espiritual del ser humano -su ángel- se reconoce por su carácter inasible, su irrupción repentina y su capacidad de tocar a las personas en su centro más íntimo. Si alguien ha aparecido inesperadamente en nuestra vida, nos ha tocado en lo más central y no se ha dejado atrapar o domesticar, ese alguien es nuestro ángel, nuestro maestro.

Aceptar que esto nos suceda, acoger la dimensión espiritual de la existencia, sólo es posible -huelga decirlo- porque hemos muerto, al menos en cierta medida, a las otras dimensiones. Porque nos hemos vaciado de otros intereses más mundanos y estamos realmente abiertos, sin reservas. Si estamos realmente conectados con la vida, tanto nuestro cuerpo como nuestra mente se doblegarán con indescriptible alegría ante lo que nos llegue, sea lo que sea. Ésta es la principal virtud de la persona espiritual: decir sí a todo lo que le llegue, también a lo que no entiende. No resistirse. Alegrarse de formar parte de algo más grande. Ese olvidarse del ego para empezar a existir como canal, ese perderse para que exista otro -para que exista todo-, es lo que se conoce como iluminación. Iluminarse es eliminarse, se ha escrito.

La persona se realiza por etapas y en cada nueva etapa es invitada a pasar a un nivel de mayor hondura en la comprensión de sí misma. En cada una de esas etapas se nos plantea, aunque a distintos niveles, este dilema existencial: ¿Cómo es posible que nazca algo del vacío que soy? ¿No será el vacío el único territorio verdaderamente fecundo?

Así como un niño nace del encuentro amoroso entre un hombre y una mujer, así nace algo en nosotros: de una visión del amor. La creatividad humana requiere dos condiciones: la salud o dimensión psicofísica y la gracia o dimensión espiritual. La energía que se moviliza en el proceso creador es la de la alegría: una alegría que supera todo temor y que da paso al alumbramiento. Esa luz, sin embargo, no nace sino tras un largo proceso de concepción y gestación (éste es el trabajo interior) y de alumbramiento (éste es el exterior). Así que esto es lo que toda persona en general debería preguntarse: ¿nace lo que hago de la alegría, es decir, de la comunión celebrativa con el mundo? ¿Cuánta alegría verdadera hay en mi vida, es decir, cuánta vida hay en mis días?

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