Sobre la relación entre el cristianismo y las ideologías

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De la revista alfa y Omega 

Sobre la relación entre el cristianismo y las ideologías

En Octogesima adveniens, Pablo VI subraya la supremacía de la doctrina social de la Iglesia sobre las corrientes de pensamiento, sin prohibir la colaboración entre ambas, siempre que se priorice la aportación cristiana

Pablo VI celebra la Misa navideña con los trabajadores de la industria metalúrgica de Italsider en Tarento (Italia), en 1968. Foto: ABC

Los años inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano II generaron en el seno de la Iglesia disturbios intelectuales y doctrinales, siendo los más señeros la radicalización tradicionalista liderada por Marcel Lefebvre y, por la vertiente progresista, la deriva de un importante sector de la teología de la liberación hacia el marxismo más contumaz. Una de las consecuencias más visibles fue el desconcierto de muchos cristianos, por lo que se hizo necesaria una aclaración al más alto nivel. Pablo VI aprovechó las ocho décadas de la publicación de la Rerum novarum para aclarar y ensanchar el magisterio de la Iglesia sobre política, ideología y demás problemáticas el mundo contemporáneo. Lo hizo en mayo de 1971 a través de una carta apostólica, Octogesima adveniens (OA), dirigida al cardenal Maurice Roy, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, dicasterio competente en aquel entonces en materia de doctrina social de la Iglesia.

El Papa Montini persevera en la línea del diálogo con la modernidad, iniciada  por su antecesor Juan XXIII en Mater et Magistra, al tiempo que hace una útil pedagogía sobre la relación que el cristiano  ha de tener respecto de las ideologías. La piedra de toque de su argumentación es la prudencia, incluso la distancia, que el cristiano debe de mantener sobre cualquier corriente de pensamiento. Si este quiere vivir plenamente su fe, no puede ser al precio de una adhesión incondicional a cualquier sistema ideológico: ni a la ideología marxista, con su «materialismo ateo, su dialéctica de violencia» o su negación de cualquier «trascendencia al hombre», ni tampoco a la ideología liberal «que cree exaltar la libertad individual, sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del  interés y del poder».

Si la condena del marxismo es nítida y sin ambages, Pablo VI suaviza, si se compara con los Papas Pío XI y Pío X, la condena del liberalismo, reconociendo ciertas virtudes al económico mientras sigue considerando la autonomía total del individuo. Pero este ejemplo de moderada evolución dentro de la continuidad debe ser enmarcado en el mensaje principal de OA, es decir, la clara supremacía de la doctrina social de la Iglesia sobre las ideologías: «La fe cristiana se sitúa por encima y a veces en oposición a las ideologías, en la medida de que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela a través de todos los niveles de lo creado al hombre como libertad responsable».

Mas esta advertencia no es una prohibición. Pablo VI remite a Juan XXIII  y a la distinción que este último hace en Pacem in terris entre ideologías y movimientos históricos, antes de concluir: «Una doctrina, una vez fijada y formulada, no cambia más, mientras que los movimientos que tienen por objeto condiciones concretas y mutables de la vida no pueden menos ser influenciados por esa evolución». 

Si bien precisa el profesor Ildefonso Camacho, conviene mantener «el equilibrio entre el compromiso con esos movimientos, que ha de ser real, pero crítico, y lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva de la sociedad», y evitando considerar al poder político como un absoluto capaz de ofrecer una respuesta sistemática y exhaustiva a todo. Un instrumento útil para evitarlo, según Pablo VI, es la subsidiariedad. Doctrina social en estado puro.

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