8. La visión del carro de fuego (LM 4,4) San Francisco por San buenaventura y Giotto

 8. La visión del carro de fuego (LM 4,4)

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Obtenida la aprobación de la Regla, emprendió Francisco con gran confianza el viaje de retorno hacia el valle de Espoleto, dispuesto ya a practicar y enseñar el Evangelio de Cristo. Durante el camino iba conversando con sus compañeros sobre el modo de observar fielmente la Regla recibida, sobre la manera de proceder ante Dios en toda santidad y justicia y cómo podrían ser de provecho para sí mismos y servir de ejemplo a los demás.

Ya en el valle de Espoleto, se pusieron a deliberar sobre la cuestión de si debían vivir en medio de la gente o más bien retirarse a lugares solitarios. Francisco acudió a la oración e iluminado por Dios llegó a comprender que él había sido enviado por el Señor a fin de que ganase para Cristo las almas que el diablo se esforzaba en arrebatarle. Por eso prefirió vivir para bien de todos los demás antes que para sí solo, estimulado por el ejemplo de Aquel que se dignó morir él solo por todos.

En consecuencia, se recogió con sus compañeros en un tugurio abandonado, Rivo Torto, cerca de la ciudad de Asís. Allí se mantenían al dictado de la santa pobreza y se entregaban de continuo a las preces divinas. Los hermanos suplicaron a Francisco que les enseñase a orar, y él les dijo: «Cuando oréis decid: "Padre nuestro", y también: "Te adoramos, Cristo, en todas las iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo"». Les enseñaba, además, a alabar a Dios en y por todas las criaturas, a honrar con especial reverencia a los sacerdotes, a creer firmemente y confesar con sencillez las verdades de la fe tal y como sostiene y enseña la santa Iglesia romana.

Mientras moraban los hermanos en el referido lugar, un día de sábado se fue el santo varón a Asís para predicar, según su costumbre, el domingo por la mañana en la iglesia catedral. Pernoctaba, como otras veces, entregado a la oración, en un tugurio sito en el huerto de los canónigos.

A eso de media noche, sucedió de pronto que, estando Francisco corporalmente ausente de sus hijos, algunos de los cuales descansaban y otros perseveraban en oración, penetró por la puerta de la casucha de los hermanos un carro de fuego de admirable resplandor que dio tres vueltas a lo largo de la estancia; sobre el mismo carro se alzaba un globo luminoso, que, ostentando el aspecto del sol, iluminaba la oscuridad de la noche.

Quedaron atónitos los que estaban en vela, se despertaron llenos de terror los dormidos, y todos comprendieron que había sido el mismo Santo, ausente en el cuerpo, pero presente en el espíritu y transfigurado en aquella imagen, el que les había sido mostrado por el Señor en el luminoso carro de fuego para que, como verdaderos israelitas, caminasen tras las huellas de aquel que, cual otro Elías, había sido constituido por Dios en carro y auriga de varones espirituales. Se puede creer que el Señor, por las plegarias de Francisco, abrió los ojos de estos hombres sencillos para que pudieran contemplar las maravillas de Dios. Los hermanos por su parte reconocieron que realmente descansaba el Espíritu del Señor en su siervo Francisco con tal plenitud, que podían sentirse del todo seguros siguiendo su doctrina y ejemplos de vida. Después de esto, Francisco condujo a sus hermanos a Santa María de la Porciúncula.

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