La nueva y la antigua Ley





La nueva y la antigua Ley

Tomás Salas – 02/12/22 7:22 PM


No he venido a abolir, sino a dar plenitud (Mt 5, 17-37)




Quien lee y estudia la Sagrada Escritura se encontrará, entre otras muchas riquezas, con una característica transversal que está presente, implícita o explícita, en la totalidad del texto: la coherencia, la continuidad, la densa trama de relaciones que se establece entre ambos testamentos, entre la Antigua y la Nueva Alianza. La revelación cristiana se inserta, así, en la historia y la cultura del pueblo judío.


El citado texto de Mateo arroja luz sobre este magno problema.


Lo primero, consideremos lo más básico: la existencia de una ley que rige la vida de los hombres. No es la voluntad del poderoso, que habla investido por la autoridad divina, ni la ley «natural» (la supremacía de la fuerza), tampoco la costumbre o uso de la polis o de la tribu… Es una ley moral que obliga a cada conciencia. La ley es una realidad externa al hombre y sólo tiene sentido si obliga a su cumplimiento. Es lo que podríamos llamar su carácter preceptivo.


Se ha destacado con frecuencia la oposición entre el carácter formalista, a veces rigorista, de la concepción judaica de la ley y la nueva concepción, basada en la caridad, que llega con Cristo. Este formalismo de la ley tiene sus deficiencias en el sentido de que ésta no se justifica a sí misma, sino que tiene un sentido trascendente (que no tiene que ser lo mismo que sobrenatural), tiene su raíz y justificación en una instancia distinta a sí misma: el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2, 27). Frente a este formalismo judío, que se desarrolla frecuentemente en multitud de normas que determina hasta los detalles más nimios de la vida cotidiana, se destaca la humanización, la espiritualización que trae Cristo a este ámbito normativo.


Pienso que, establecer esta dicotomía, que parece oponer dos elementos contrarios, puede conducir desde el susodicho formalismo al otro extremo: el criterio personalista, subjetivo es el que da validez, en última instancia, a la norma. Si la ley es el desarrollo de la caridad, ¿qué pasa si falta ésta? ¿Deja la norma de tener validez? Esto sería contradictorio con lo que Cristo dice: no ha venido a derogar la norma.


Pongamos, para entendernos, un ejemplo sencillo y objetivamente comprobable: el precepto dominical. En la antigua práctica pastoral se usaba un estilo asertivo de una gran claridad conceptual y su metodología tenía un importante aspecto memorístico. Hay que hacer esto; esto es X y no Z. La cuestión es saberlo (memorizarlo) y cumplirlo.


El ejemplo que ponemos puede entenderse en el proceso del paso de la antigua a la nueva alianza. Moisés transmite a su pueblo este mensaje del Señor: Durante seis días se trabajará, pero el séptimo será santo para vosotros, día de descanso consagrado al Señor (Ex 35, 2). Este precepto evoluciona al tercer mandamiento del decálogo. Hay una clara continuidad entre la antigua y la nueva alianza. Hay una evolución, un desarrollo desde el cumplimiento del sabbat a la fiesta del domingo. El precepto judío tiene un aspecto más acentuado de formalismo, de ritual, pero, ¿esto implica que el precepto dominical se convierte en una libre elección si queremos depurarlo de este formalismo? Una elección que debe ser sentida, experimentada, que tiene su justificación en la necesidad del creyente. Esto es: si la norma, para su cumplimiento, depende de la aceptación del sujeto, pierde su carácter preceptivo, lo que significa que pierde su carácter de norma, de ley. En un homilía un sacerdote, comentando no recuerdo qué evangelio, dio el siguiente argumento, aceptado con aparente normalidad por los fieles, sobre la asistencia a la misa dominical: hay que venir a misa, no porque sea un mandato obligatorio, sino porque lo necesitamos, igual que el coche se carga de gasolina (recuerdo que ésta era la comparación), nos recargamos en la eucaristía para seguir nuestro camino. Es la idea del «viático» (alimento para el camino) que tiene una gran tradición y a la que poco hay que objetar. Pero… aquí viene el matiz importante. Esta noble idea puede conducirnos a considerar el oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar como un precepto anacrónico, que cumplían nuestras abuelas que creían, las pobres, que una cosa había que hacerla porque lo manda la Santa Madre Iglesia.


En resumen: el aspecto experiencial se suma al aspecto preceptivo y lo enriquece, pero no lo sustituye. Es una relación copulativa, no disyuntiva.

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