El Mito de la Secularización y la Geopolítica Mundial
El Mito de la Secularización y la Geopolítica Mundial
Jalal Othman Nasif Arciniegas
Revista Institucional Tiempos NuevosAño 30, No. 32 – diciembre de 2025, ISSN 2981-6823 (En línea) DOI: https://doi.org/10.15658/rev.inst.tiempnuevos25.12303204 / pp. 31 - 40
El recorrido realizado muestra que el mito de la secularización no basta para explicar el presente. Lejos de desaparecer, la religión ha persistido, se ha transformado y ha adquirido nuevas formas de incidencia en la vida pública y en la geopolítica del siglo XXI.
Desde Israel hasta Irán, desde Estados Unidos hasta China, los escenarios analizados revelan
que lo religioso constituye un factor insoslayable para comprender tanto dinámicas de cohesión como de conflicto.
Sin embargo, el peso de la religión en la política no siempre se traduce en esperanza o dignidad.
La historia recuerda con crudeza cómo en nombre de Dios se han legitimado guerras, persecuciones y sistemas de opresión. En la actualidad, los campos de refugiados, las poblaciones hambrientas y pueblos como el palestino sometido a un sufrimiento inagotable muestran que lo sagrado puede ser manipulado hasta convertirse en máscara de la muerte.
La religión, cuando es capturada por la lógica de la exclusión y del poder absoluto, pierde su
capacidad de humanizar y se convierte en instrumento de violencia.
Frente a este panorama, la educación intercultural se impone como una alternativa ética y política. No se limita a promover el respeto entre credos, sino que abre la posibilidad de trascender el concepto mismo de religión hacia el de espiritualidad, entendida como búsqueda de sentido compartida entre pueblos y personas.
En este horizonte, lo que está en juego no es solo la tolerancia, sino la capacidad de transformar el yo en nosotros, reconociendo que la alteridad no amenaza la identidad, sino que la enriquece.
Como recordaba Levinas (1993), la responsabilidad surge en el encuentro con el rostro del otro, un llamado que hoy adquiere urgencia en un mundo marcado por el hambre, el exilio y la guerra.
De allí que la educación intercultural no pueda reducirse a un programa pedagógico, sino que debe asumirse como un imperativo ético y espiritual que permita resistir a la barbarie y proyectar una convivencia más justa.
Para finalizar este estudio, la secularización por sí sola no explica los fenómenos globales contemporáneos; lo religioso y lo espiritual siguen siendo actores de primer orden. La tarea pendiente no es negar esta realidad, sino integrarla críticamente en los análisis académicos y en las políticas públicas.
La educación intercultural, al abrir espacio para las espiritualidades colectivas e individuales, ofrece un horizonte posible en el que la pluralidad deje de ser motivo de muerte y se convierta en fuente de vida compartida.
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