Ricardo Mejía Fernández, Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre

Recension hecha por Jorge Martín Montoya Camacho

Ricardo Mejía Fernández, Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre, Madrid: Ediciones Encuentro, 2025, 334 pp., 15 x 23, ISBN: 978-84-1339-218-9.

El debate actual sobre el transhumanismo se ha convertido en uno de los grandes lugares de cruce entre la filosofía, la ciencia y la teología. Las promesas de mejora indefinida del ser humano mediante la biotecnología, la inteligencia artificial o la robótica conviven con serias advertencias sobre los riesgos de reducir lo humano a un mero objeto de manipulación técnica. 
En este contexto, el libro de Ricardo Mejía Fernández, Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre (Ediciones Encuentro, 2025), ofrece una aportación original y necesaria. Como señala Mons. Mario Iceta en el prólogo, se trata de una obra que dirige «una mirada desideologizada a lo real» y se atreve a proponer un humanismo renovado que no caiga ni en reduccionismos ni en nostalgias.

El prólogo de Iceta resulta clave para enmarcar la obra. Advierte que el progreso técnico, si no va acompañado de un progreso ético, puede convertirse en una amenaza para el hombre y para el mundo. El transhumanismo parcial, centrado en mejoras unilaterales de tipo biológico, cognitivo o tecnológico, incurre con frecuencia en este riesgo al ignorar dimensiones esenciales de la persona como la social, la espiritual, la ecológica o su capacidad de amar.

En cambio, el proyecto de Mejía parte de la convicción de que «el hombre es un ser natural y espiritualmente técnico. La técnica es una forma humana de amar, y el amor es la forma humana de emplear la técnica» (p. 11). Esta intuición vertebra todo el libro: el transhumanismo integral no es un rechazo de la técnica, sino su integración en una antropología compleja y abierta a todas las dimensiones del ser humano.

La obra se organiza siguiendo la clásica distinción entre pars destruens y pars construens. En la primera parte, Mejía despliega una crítica lúcida a lo que denomina «transhumanismo parcial». Examina cuestiones como el deseo ilimitado de vivir, la obsesión por el éxito y la eliminación del fracaso, la reducción del hombre a máquina, las derivas eugenésicas o la sustitución de la religión por un dogmatismo inmanentista desde una «fe ultrasecularista».

Reconoce la diversidad interna del movimiento transhumanista, pero advierte que con frecuencia se trata de un fenómeno nihilista e ideologizado. El autor indica que «el transhumanismo, tal y como se ha venido presentando de parte de un sector muy mediatizado, es una forma subrepticia de nihilismo. Es más, me parece una escapatoria insatisfactoria ante el abismo hacia la nada» (p. 14).

La segunda parte corresponde a la propuesta positiva del transhumanismo integral. Aquí desarrolla lo que llama un «enfoque interpretativo de tipo antropológico que no quiere excluir» (p. 27). Coloca en el centro a la persona como unidad compleja, abierta a la comunidad, a la naturaleza y a la trascendencia.

Dedica capítulos a justificar la centralidad de la persona, explorar un transhumanismo trascendental, replantear el imperativo tecnocientífico desde criterios éticos, elaborar una noción de «tecnologías humanas» y proponer un cultivo integral de la vida en sus dimensiones biológica, social, ecológica y espiritual.

En la observación de los contenidos del libro, posemos decir que la Introducción funciona como manifiesto programático. Mejía declara su propósito de enlazar el transhumanismo con la tradición humanista occidental: «En esta obra quiero establecer el enlace del transhumanismo con la tradición humanística de nuestra civilización, que resuena una y otra vez en él» (p. 15). Reconoce que el humanismo ya no puede permanecer «agazapado en el placentero regazo de la superioridad de las humanidades y presumiendo de su pasado glorioso» (p. 15), sino que necesita renovar sus bases para responder a los desafíos tecnológicos. El libro no se limita a condenar ni a adherirse ingenuamente, sino que busca tender puentes entre el humanismo clásico y las aspiraciones de la tecnociencia.

El autor explica también dos motivaciones personales. La primera proviene de su experiencia docente: percibe en sus estudiantes la necesidad de una propuesta alternativa dentro del panorama transhumanista. La segunda procede de la lectura de discursos tecnocientíficos como los de Yuval Noah Harari, que marginan la sabiduría humanística y religiosa. Ante estas corrientes, Mejía se siente interpelado a elaborar un camino distinto: «No podemos quedarnos de brazos cruzados ante la creciente avanzada que sitia nuestra herencia cultural humanista y teológica» (p. 18).

Escrito durante una estancia en la London School of Economics, el libro conjuga rigor filosófico con intención pedagógica y cultural. Su objetivo no es clausurar el debate, sino abrirlo: «El transhumanismo integral no es la alternativa final, perfecta y obligatoria a todo tipo de transhumanismo: es, simple y llanamente, otra manera de interpretar este pluriforme movimiento contemporáneo» (p. 20). Esta actitud de modestia intelectual otorga credibilidad a la propuesta y la convierte en un punto de partida fértil.

Entre las críticas que formula, destaca la imposibilidad de hablar de «mejora» sin una concepción antropológica clara y sin referencia al bien. La palabra «mejor» implica siempre una jerarquía de valores; por eso, sin realismo y sin una ética de la vulnerabilidad, no hay auténtico progreso. El transhumanismo parcial tiende a reducir la libertad a la mera capacidad morfológica de modificar el cuerpo, ignorando que la libertad auténtica consiste en aceptarse a sí mismo, empatizar con los demás y apreciar la sencillez.

El autor alerta también sobre los riesgos eugenésicos y sobre la tentación de eliminar el fracaso (pp. 119-142). A su juicio, el fracaso no es solo un obstáculo, sino parte constitutiva de la condición humana: «la poquedad humana que, sin embargo, es la que nos abre a las grandezas de la ciencia y de la técnica» (p. 82). Sin una aceptación realista de nuestra vulnerabilidad, la técnica puede volverse contra nosotros. Como indica el autor: «La vulnerabilidad que observamos en el organismo biológico humano, en sus rasgos psicológicos, espirituales, sociales y políticos, es algo a valorar y apreciar, en la medida en que abra nuestro horizonte existencial y fenomenológico a una planificación que no vi-niendo de la radical inmanencia, solo se puede colmar al abrevarse en la fuente inagotable de toda vida (p. 129).

Frente a esta visión reduccionista, el transhumanismo integral reconoce la unidad compleja del ser humano, que incluye cuerpo y espíritu, individuo y comunidad, técnica y trascendencia. El ser humano es un naturfacto,un ser capaz de transformar su naturaleza porque la técnica es parte de su esencia. Por ello, Mejía denomina a nuestra especie Homo sapiens technicus.

Sin embargo, esta capacidad transformadora debe respetar límites. El autor, al apuntar a esta cuestión, pone en evidencia que la tarea de sistematizar hasta dónde llega la legítima intervención técnica, y dónde comienza la manipulación que traiciona lo humano, constituye precisamente uno de los grandes retos que su libro busca suscitar. Este es un desafío tan vasto como el propio desarrollo de la ciencia y la técnica, y su incalculable diálogo con la ética y la teología.

Otro eje central de la obra de Mejía es el deseo de vivir para siempre. El autor reconoce que se trata de un anhelo constitutivo de la humanidad, pero critica las respuestas del transhumanismo parcial, que llevan paradójicamente a una «muerte sin límite». Sin embargo, en el transhumanismo integral que el autor propone, la eugenesia liberal parcialmente biologizada es innecesaria.

No se trata de recrear fantasiosamente lo que nunca hemos sido, sino en profundizar y desarrollar lo que ya somos. De ahí que proponga promover la libertad de aceptarse a uno mismo, de empatizar con las personas que sufren, de apreciar el valor de las cosas pequeñas y sencillas (p. 125).

El transhumanismo integral, por tanto, no pretende superar la debilidad o vulnerabilidad ontológica con discursos motivacionales desproporcionados, sino hablar «desde nuestra pobreza y pequeñez para intentar trascenderla» (p. 75). Reconoce que el progreso científico es valioso, pero advierte que, convertido en absoluto, desemboca en crueldad. La ciencia y la técnica deben ser «ministerio al servicio de la naturaleza humana» y no fines en sí mismos. «Lo progresista no es someter a cualquier precio la naturaleza sino empujarla a que sea en su expresión más espléndida, a que desborde su dinámica de manera que, respetándola a ella, nos respetemos a nosotros» (p. 101).

En este punto, conviene subrayar un aspecto que atraviesa todo el libro y que conecta con debates filosóficos y científicos actuales: la vulnerabilidad corporal. El reconocimiento de la fragilidad constitutiva de nuestra existencia no es un límite meramente negativo, sino la condición que hace posible la ética del cuidado, el desarrollo de la medicina y la orientación humanizadora de la ciencia. En un tiempo marcado por avances tecnocientíficos sin precedentes, pensar la vulnerabilidad –como lo han hecho autores contemporáneos desde la ética, la fenomenología o la filosofía política– se vuelve indispensable para evitar que el ideal de perfección técnica derive en deshumanización. El mérito del transhumanismo integral es mostrar que la reflexión sobre la vulnerabilidad no es una concesión secundaria, sino un eje rector para cualquier proyecto de mejora que aspire a ser verdaderamente humano.

El libro sorprende también por su creatividad terminológica. Neologismos como «naturfacto», «ultrasecularización» o «tecno-metafísica» buscan dar nombre a realidades inéditas que no encajan en categorías tradicionales. Estos términos exigen esfuerzo al lector, pero resultan iluminadores. Además, la propuesta está sólidamente enraizada en la tradición filosófica y teológica: Mejía dialoga con Nietzsche, Ricoeur o Maritain, y recoge aportaciones de la fenomenología y del personalismo iberoamericano, mostrando que el humanismo cristiano puede y debe entablar conversación con la tecnociencia contemporánea.

Un aspecto especialmente sugerente es la relación que establece entre técnica y amor. La técnica no se reduce a un medio instrumental, sino que puede convertirse en forma de cuidado, de relación y de creatividad. Así, propone que el auténtico progreso tecnológico sea aquel que potencie nuestra capacidad de amar mejor, integrando el bios (dimensión corporal), la polis (vida comunitaria) y el oikos (cuidado de la casa común).

El propio autor admite que su propuesta no es definitiva. Algunas cuestiones quedan abiertas: la distinción precisa entre terapia y cosmética, la delimitación de los límites del biomejoramiento, la justificación terminológica de hablar de «transhumanismo integral» en vez de «humanismo integral». El lector puede preguntarse si, dado que la técnica ha acompañado siempre a la humanidad, no sería más exacto hablar de humanismo integral tecnológico.

Sin embargo, estas lagunas no debilitan la propuesta, sino que muestran su carácter pionero.

Transhumanismo integral es una obra ambiciosa, compleja y necesaria. Su originalidad reside en que no se limita a criticar, sino que se atreve a proponer un camino alternativo. Con el aval del prólogo de Mons. Iceta y un sólido trasfondo filosófico, constituye una referencia obligada para quienes busquen comprender los dilemas del transhumanismo contemporáneo. Frente al nihilismo inmanentista del transhumanismo parcial, Mejía invita a reconocer la vulnerabilidad y la esperanza como claves de una auténtica mejora humana.

El resultado es un texto exigente pero fecundo, que abre caminos para repensar el humanismo en tiempos de revolución tecnocientífica. Su mayor virtud es que conjuga crítica y propuesta, tradición y novedad, técnica y amor, mostrando que la salvación que anhelamos no puede reducirse a la dimensión física, sino que abarca todo lo que somos: cuerpo, espíritu, comunidad y trascendencia. Se trata de un esfuerzo de razón abierta que merece ser continuado.

Jorge Martín Montoya Camacho

Universidad de Navarra

DOI 10.15581/006.57.3.750

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