Lecciones Olvidadas de Francisco de Asís para el Siglo XXI



Lecciones Olvidadas de Francisco de Asís para el Siglo XXI

La paradoja del bienestar insatisfecho
Habitamos una civilización que ha coronado la cima del progreso tecnológico, pero que parece asfixiarse en su propia atmósfera de confort. Poseemos una hiperconectividad técnica que, paradójicamente, nos ha recluido en silos de aislamiento espiritual. El hombre contemporáneo, ese "Hombre Light" descrito por Enrique Rojas, se desliza por una existencia de pensamiento débil y voluntad quebradiza, donde la acumulación de datos no logra ocultar la frde san francisco agilidad de sus convicciones.
Como bien advirtió Viktor Frankl, la fuerza motriz del ser humano no es el placer ni el poder, sino la "voluntad de sentido". Sin un para qué, el progreso se convierte en un decorado inerte. Ante esta neurosis masiva de vacío existencial, la figura de Francisco de Asís deja de ser un fresco medieval para emerger como un disruptor antropológico. ¿Cómo puede un hombre del siglo XIII responder a la desorientación de nuestra era tecnificada?

La paradoja de la libertad: De la angustia a la autonomía real
La libertad posmoderna se nos presenta hoy como una "libertad desnuda", una energía incondicionada que rechaza cualquier contenido normativo. Es la búsqueda de una autenticidad radical que, al desprenderse de la verdad y de la naturaleza humana, termina por rendirse al capricho del instinto. Buscando la soberanía total, el individuo se encuentra extraviado en un presente continuo, sin brújula ni asideros ontológicos.
Esta libertad vacía no es un triunfo, sino una condena que genera una angustia inevitable. Francisco de Asís, con una lucidez que precede a los existencialistas, ya advertía sobre el peligro de este vagabundeo existencial.
"Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace". (Jean-Paul Sartre).
Frente a la "pasión inútil" de Sartre, Francisco propone que la libertad no es una huida de la autoridad, sino una conquista de uno mismo. El santo lamentaba profundamente a quienes, por seguir "nuevos descubrimientos", olvidaban la simplicidad y acababan "vagando en el campo de una vacía libertad" (1C, n. 104). Su propuesta es una autonomía que no nace de la indeterminación, sino del compromiso con la propia esencia.

La pobreza como el lujo de la desposesión
En el engranaje del sistema capitalista, el valor de la persona se ha desplazado del ser al tener. Bajo el mito de que "seremos más si poseemos más", el hombre se convierte en un ser unidimensional, esclavo de una productividad que solo alimenta el narcisismo. La pobreza franciscana no es una carencia miserable, sino una desposesión liberadora; un lujo que permite desprenderse de la "codicia y la avaricia" para recuperar el dominio sobre la propia vida.
La renuncia de Francisco es, en última instancia, una apuesta por la paz social. Al eliminar la propiedad, se elimina la raíz de la violencia y el miedo a la pérdida.
"Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo". (Respuesta de Francisco al obispo de Asís).

Inteligencia sentiente: El realismo de la plusvalía semántica
Nuestra cultura padece un cientificismo dogmático que ha enfriado la inteligencia, reduciendo la realidad a lo que puede ser pesado, medido o explotado. Francisco propone un realismo "visual y acústico" (según Merino), una inteligencia sentiente que no se limita a procesar datos, sino que sabe "cointuir" el significado profundo de las cosas.
Francisco veía en la naturaleza una "plusvalía semántica": un valor que trasciende la utilidad material. Para él, el agua no es un recurso hídrico, es "hermana"; el fuego no es energía, es "bello y robusto". Esta mirada cura la frialdad de la técnica, reconectándonos con el cosmos como un hogar de presencias parlantes y no como un inventario de objetos inertes.
"Exultaba de gozo en cada una de las obras de las manos del Señor, y por el alegre espectáculo de la creación se elevaba hasta la razón y causa vivificante de todos los seres. En las cosas bellas cointuía al que es sumamente hermoso...". (San Buenaventura).
Del "Cogito" al "Amamur": El corazón como núcleo real
La modernidad se cimentó sobre el Cogito (pienso), un solipsismo que a menudo degenera en el antagonismo de las conciencias. La antropología franciscana, en cambio, se fundamenta en el Amamus (amamos) como consecuencia del Amamur (somos amados). No es una filosofía de la autosuficiencia, sino de la relación.
El "corazón alerta", concepto rescatado por Von Hildebrand, es el verdadero centro de la persona. En un mundo de relaciones líquidas y superficiales, Francisco nos recuerda que solo desde la afectividad profunda se pueden establecer compromisos duraderos. El amor no es aquí un sentimiento vago, sino el motor de una comunicación que reconoce en el otro una presencia sagrada e irreductible.
"Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría...". (Alabanzas al Dios Altísimo).

La alegría de la ascesis: Recuperar la inocencia del asombro
Para la mentalidad hedonista, la ascesis es una aberración sombría. Sin embargo, en el modelo franciscano, la disciplina y el sacrificio son las llaves de la "alegría perfecta". No se trata de un odio a la vida, sino de una "pasión positiva" que libera al hombre de la tiranía de sus apetitos ilimitados para devolverle la capacidad de asombro.
La ascesis es el camino para recuperar la inocencia perdida. Al dominar el instinto, el hombre deja de devorar la realidad y empieza a saborearla. Francisco demuestra que el sacrificio, lejos de apagar la vida, la intensifica.
"Fue asceta pero no fue sombrío... El santo devoraba el ayuno como un hombre el alimento. Se había sumergido en la pobreza como se sumergen tierra adentro los hombres que cavan locamente en busca de oro". (G.K. Chesterton).

Conclusión: Hacia un humanismo integral
El diagnóstico de nuestra era es complejo: tras decretar la "muerte de Dios", el pensamiento contemporáneo parece haber desembocado, como advirtió Foucault, en la "muerte del hombre". Al reducirnos a puras estructuras biológicas o económicas, nos hemos quedado desnudos y descarnados. La salida de este callejón no es más técnica, sino un humanismo integral que armonice lo material con lo espiritual.
La senda de Francisco de Asís es una invitación a volver a lo humano, a cuidar que el hombre sea fiel a su esencia.profundidad de los mismos.
Hoy, mientras el ruido del consumo intenta silenciar nuestra inquietud, debemos preguntarnos: ¿Qué parte de tu yo real has sacrificado en el altar de la eficiencia, y cuánta de tu angustia actual no es sino esa "neurosis del domingo" que delata un hambre de sentido que ningún objeto podrá saciar?

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