La Iglesia se parece al Verbo encarnado con analogía considerable
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El Concilio Vaticano II
afirma que la Iglesia, está fundada y animada por Cristo y lo hace presente, formada por hombres
que participan de las limitaciones inherentes a todo hombre, pero llamados a creer y a predicar, para que
otros hombres también crean y se salven.
En Lumen Gentium afirma que
la Iglesia se parece al Verbo encarnado con analogía considerable. Porque así
como la naturaleza asumida sirve al Verbo de Dios como instrumento vivo de
salvación unido a él de manera indisoluble, de forma parecida la estructura
social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para
acrecentar el cuerpo.
Miguel Ángel Ferrando afirma que
la Iglesia, formada por hombres, a
igual que Pedro en su negación, tiene debilidades y fisuras pero permanecerá
fiel a Cristo, y proclamará que Dios es el Padre de Jesús y de los hombres, que
Jesús ha resucitado, primicia de sus hermanos.
Pero esas debilidades se han hecho presente a lo largo de la
historia. Juan Pablo II pidió perdón en el Año Santo el día 12 de marzo de 2000, viernes Santo, y
es posible, que dentro de un siglo, se deberá seguir pidiendo perdón por estos pecados. Sus
palabras fueron:
Reconocer las desviaciones del pasado sirve
para despertar nuestras conciencias ante las conveniencias del presente, y abre
ante cada uno el camino a la conversión. ¡Perdonemos y pidamos perdón! Mientras
alabamos a Dios, quien en su amor misericordioso ha suscitado en la Iglesia una
espléndida cosecha de santidad, ardor misionero, entrega total a Cristo y al
prójimo, no podemos dejar de reconocer las infidelidades al Evangelio en las
que han incurrido algunos hermanos nuestros, especialmente durante el segundo
milenio. Pedimos perdón por las divisiones que se han creado entre cristianos,
por el empleo de la violencia por parte de algunos de ellos en el servicio de
la verdad, así como por las actitudes de desconfianza y hostilidad que en
algunas ocasiones se han tomado para con los seguidores de otras religiones.
Confesemos con mayor razón, nuestras responsabilidades como cristianos para con
los males de hoy. Ante el ateísmo, la indiferencia religiosa, la
secularización, el relativismo ético, las violaciones del derecho a la vida, el
desinterés por la pobreza de muchos países, no podemos dejar de preguntarnos
cuales son nuestras responsabilidades. Por la parte que cada uno de nosotros ha
tomado con su comportamiento en estos males, contribuyendo a afear el rostro de
la Iglesia, pedimos humildemente perdón.
El Vaticano II al hablar de la Biblia recurre al Principio de la
Encarnación, explicando que es palabra de Dios expresada en lenguaje humano; es
decir, este principio confiere su estructura a todo lo que se relaciona con
Cristo y con la iglesia. Olegario González de Cardedal, sobre este principio de
Encarnación en la iglesia, escribe:
Solo quien en fe acepta la humanidad de Jesús, recibe en sí la
divinidad del Logos. Solo quien vio en el judío condenado la ofrenda sacrifical
del hijo de Dios, participó en la redención. Y este escándalo del hombre que, a
pesar de todo, era Dios, pervive en la historia de la Iglesia. A través de
manos humanas corre gracia divina, y a través de los pecados de los hombres se
realiza la gracia de Dios. Misteriosamente, pero verdaderísimamente. Ello es,
por otra parte, la condición metafísica de la fe como oscuro, arriesgado y
generoso asentimiento de la voluntad y no necesitada evidencia del
entendimiento. Quien enredado en las diarias mezquindades de sus representantes
no adivina la faz de Dios operando a través de ellos en la Historia, desconoce
la ley fundamental de la Encarnación, es decir, la connatural manera de
acercarse Dios a los hombres". OLEGARIO GONZÁLEZ
de CARDEDAL, Crisis de los seminarios en la Iglesia y mundo actuales.
Madrid, Marova 1966, pág. 75.
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