Transmisión del cristianismo como experiencia
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Transmisión del cristianismo como experiencia
La transmisión del cristianismo tiene que ser connatural con la forma en que tuvo lugar la revelación: historia vivida, narrada, interpretada, cristalizada en instituciones y recogida en textos. Son hechos y palabras, individual y comunitaria, memoria, celebración y esperanza los elementos constituyentes de la revelación y por ellos debe transmitirse.
1º Transmisión narrativa
El cristianismo es una religión de memoria y relato, de testimonio y promesa que se transmite a través del conocimiento científicos, filosófico, por la experiencia religiosa y la experiencia cristiana.
El problema es pasar de los hechos históricos a la verdad universal, es tender los puentes entre el relato y la reflexión.
Las formas básicas para transmitir la fe son: el credo, la lectura de los libros sagrados, la homilía y la escuela teológica.
2º Transmisión litúrgica
Lo que en la Biblia es la conexión entre hechos y palabras, en la iglesia es la lectura de los libros sagrados (enuncia hechos pasados y posibilidades futuras acercando al hombre al Misterio) y la celebración de los sacramentos (hacer presente al mismo Señor Jesucristo, contemporáneo al hombre para hacerlo coprotagonista de la historia salvífica y estas acciones del Misterio, como gracia, lo hace a través de realidades materiales).
3º Transmisión encarnativa
En el cristianismo hay unos elementos constituyentes, esenciales y otros subjetivos, culturales, que van cambiando. Por tanto, en el cristianismo es siempre posible una reforma para limpiar y actualizar esos elementos humanos pero nunca una revolución que cambiase los esenciales.
¿Quién debe establecer los criterios para distinguir los elementos constituyentes de los que no lo son? La reflexión teológica, el magisterio conciliar y la propia experiencia de la iglesia.
Esta tarea ha sido fácil en épocas anteriores, pero es muy difícil en una sociedad tan compleja como la actual. ¿Cómo se transmite hoy la fe? Asumiendo la cultura contemporánea, a la vez que se discierne con espíritu crítico, con una gran formación teológica y una gran vida interior.
4º Transmisión personalizada
En el siglo XX se ha redescubierto el valor de la persona como sujeto real y total de la fe. La persona que transmite la fe tiene que acercar todo el cristianismo pero a la vez mostrar lo esencial de él: el hecho de que Dios se ha insertado en la historia, que nos ha dado una existencia nueva y que a cada uno le abre al amor personal.
Quien transmite la fe tiene que partir de ese núcleo originario, de la persona de Cristo, nos abre al padre y a la experiencia del Espíritu Santo.
Tiene que ser maestro y testigo, creyente, miembro de la iglesia porque lo que transmite es la fe eclesial la de los Apóstoles.
El destinatario de esta transmisión es la persona en su totalidad, e integrada en espacios comunitarios donde se piense, comparta, celebra y se reflexiones.
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