‘Doce uvas de Ohanes’, un cuento de Navidad sobre la familia y el tiempo
‘Doce uvas de Ohanes’, un cuento de Navidad sobre la familia y el tiempo
Este relato navideño entrelaza memoria, trabajo y deseo, con una escena familiar marcada por la uva de mesa de Almería, el peso de las estaciones, la constancia de la agricultura y la promesa de un futuro distinto
DAVID RODRÍGUEZ
24 dic. 2025
La vieja cámara Leica ¿inmortaliza? en singular retrato a varios miembros de una Profana Familia reunidos al azar por la festividad de San Ginés de la Jara en el pueblo de Purchena. Por un instante la centelleante luz centra y dirige la mirada, ocultando al tiempo con su cegador brillo el reflejo del rostro del fotógrafo, el tío Ginés, bípode de amplia base de sustentación ya acostumbrado al certero encuadre tras tantos años de topógrafo en el ejército republicano (y que luego otros tantos le costaron en trabajos forzados para los franquistas). Pareciese que esta estrella de Belén señalase la cabeza ya cubierta de flequillo de la primogénita Encarnita.
Su padre le sujeta vigilante y con firme mano las piernecitas estiradas y semiabiertas en V, el primo Manolo con su mirada inquisitiva hasta lo desafiante, magnífica cabeza de frente despejada, y bigotito a lo Lee Van Cleef. Su mujer, Charo les queda sentada a la izquierda, con esa serenidad majestuosa de los cordobeses. A su lado queda la tía Encarnación, sayo negro, sonrientes finos labios y satisfecha mirada cabizbaja, ya que sostiene entre los brazos al flamante nieto varón de tres meses, Ginesillo.
En el extremo izquierdo de la fotografía, un jovencísimo Eduardo de 20 años, con tupé y también bigotito que imita al del primo Manolo sobre los carnosos labios, y (como tantas otras veces) con mirada perdida en el infinito y algo nostálgica, de ojos negros que resaltan aún más sobre una piel bronceada por el veraniego sol que tuesta a los que conocen bien la uva de Ohanes.
Eduardo mira más cansado que nostálgico. Cansado de levantar parrales todo el verano, tensando con las poleas el entramado de cables de acero galvanizado y de alambre dulce enganchado entre las maestras y las tirantas, entre los esquineros de eucalipto y los maderos de sostén y banda de las parcelas. Las manos agrietadas del estudiante se añaden a la piel de la espalda lacerada por las correas que sostienen el depósito de latón de la sulfatadora con cuya manguera Eduardo pulveriza en verano la nube azul cobre sobre los pámpanos y los racimos de uva cuajados de granos del grosor de un pequeño guisante. Este ecce homo parralero pierde la mirada también recordando las horas entre los caballones hechos a brazo para vigilar los turnos veraniegos del riego de la acequia.
A finales del otoño dejará de nuevo Eduardo a los amigos de la Facultad para volver a la estación de Tíjola tras ocho horas de tedioso traqueteo en el tren de vapor, a cosechar tardíamente junto a los cortijeros los alados racimos de uva de barco, ya de color amarillo cera, cortando con cuido los raspones cargados de granos cilíndricos que estallan en la boca con su pulpa dura, crujiente y carnosa. Luego habrá que entonelarlos en barriles de madera de veinte a treinta kilos con protector serrín de corcho en el interior y trasladarlos firmemente cerrados para su exportación hasta el Cable Inglés en el puerto de Almería. Y vendrá el invierno, con la poda y los sabañones, con el abono de nitratos y el estercolado, y Eduardo volverá solo a descargar el estiércol del viejo camión traído por “los gurullos” desde El Hijate y aparcado junto a los tarajes, otra vez a brazo, con la horca en tridente de aventar, a principios de enero y con el frío glaciar y el sudor y la mierda cubriendo toda la vestimenta y el cuerpo, devorando la esperpéntica figura las pulgas de las que sólo se librará construyendo un dique en la acequia para tenderse desnudo en ella y sumergirse en el agua gélida aguantando la respiración hasta que los parásitos vencidos abandonen su cuerpo antes que sucumbir por ahogamiento. Cortará en verde los chupones brotados en primavera, despampanará luego los racimos de las riparias hembra para engalparlos polinizándolos costosamente a mano, colgará del parral los botes de melaza para capturar el pulgón y volverá de nuevo la verbena por San Ginés en Purchena.
Eduardo pierde la mirada soñando que este año devorará por nochevieja a trompicones sus doce uvas de Ohanes, y otras doce más, todas de golpe para que pasen revueltas y del tirón, tan rápido como quiere que vuelen los meses que le quedan para acabar la carrera de Derecho, dejar al fin el cortijo, los bancales y las parras con los que se consigue el dinero para que él y sus otros seis hermanos puedan estudiar después de que padre falleciese de un infarto de miocardio. Desaparecen ante sus ojos los cables acerados, la sulfatadora, el estiércol y sus pulgas, los pámpanos y las tijeras de podar y se ve de repente llevando ya la toga en Granada. “¡Eduardo, escucha, es el twist de Chubby Checker!, ¿bailamos?”. Eduardo despierta de un parpadeo, sonríe y corre arrastrado de la mano por la chica de gafas yeyé. Fue en este agosto de 1962 que los mencionados personajes vivían y luchaban; esforzados o haraganes, guapos o feos, santos o bellacos, y exceptuando al bebé Ginesillo, ahora son todos iguales.
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