Transformaciones en la religiosidad de la Edad media
De la religión interior a la reforma de la Iglesia
La transformación de la religiosidad durante la Baja Edad Media
Federico Tavelli
Revista Teología • Tomo LXII • Nº 148 • Diciembre 2025: 141-173La transición de la Baja Edad Media a la Edad Moderna estuvo marcada por profundas transformaciones en diversos ámbitos, lo que también se reflejó en un cambio en la expresión de la religiosidad. Si bien la religiosidad había evolucionado desde la sacralidad de la naturaleza hacia la consideración de la sacralidad del ser humano y sus propias capacidades, en consonancia con los cambios políticos, económicos y sociales, ahora daba un paso más al enfocarse en la vida interior y en la posibilidad de un contacto directo con Dios, sin intermediarios, como una forma de revitalización de la Iglesia.
La Baja Edad Media, especialmente en la Europa latina, estuvo marcada por una visión pesimista de la existencia humana, debido a diversos factores políticos, económicos, sociales y demográficos. Esto condujo, por un lado, a un énfasis en los aspectos más penitenciales de la religiosidad, pero también al descubrimiento de nuevas dimensiones más introspectivas dentro de las devociones tradicionales, como el culto a las reliquias y las peregrinaciones. La crisis de la autoridad de la Iglesia también propició que hombres y mujeres, movidos por la desconfianza en las instituciones, profundizaran una religiosidad no sólo interior, sino también desvinculada de las estructuras eclesiásticas y del clero, cuya legitimidad había decaído notablemente en el último siglo, especialmente tras el Cisma de Occidente. Esta renovación favoreció una nueva valoración del papel de los laicos en lo religioso. Lo sagrado, tradicionalmente restringido al clero y a las órdenes religiosas, comenzó a extenderse al laicado, que adquirió una nueva dimensión espiritual y un rol activo en las prácticas devocionales y en la esfera social.
De manera similar, las prácticas devocionales dejaron de ser exclusivas de la liturgia o de otras formas establecidas. La piedad personal y otras expresiones paralelas a la liturgia tomaron forma propia, desvinculándose de los marcos preestablecidos. La devotio moderna y la mística, especialmente la femenina, representaron una ruptura con el pensamiento escolástico al enfatizar el amor y la experiencia directa como formas de conocimiento, por encima del saber intelectual y dogmático. La reacción de la Iglesia jerárquica ante estas nuevas corrientes fue variada: en algunos casos, se las canonizó, mientras que en otros se las condenó.
Una nueva sensibilidad hacia la libertad, característica de la época, también se reflejó en la expresión religiosa. En efecto, la ampliación de la libertad personal fue una constante: la emancipación de los súbditos respecto a los señores feudales, quienes encontraron un nuevo espacio en las ciudades libres y en formas de subsistencia independientes de la tierra; la autonomía de los poderes locales frente a los más universales, como en las tensiones entre obispos y el papado o entre los grandes terratenientes y el Imperio; y el surgimiento del humanismo como crítica a un modelo de ciencia y conocimiento dominado por la escolástica medieval y el regreso a lo antiguo. La libertad fue entendida como la posibilidad de conectar directamente con Dios. Esta nueva religiosidad interior también se manifestó en el creciente clamor por la reforma de la Iglesia y de sus estructuras, en busca de una revitalización y un retorno a las formas más originales del cristianismo, característico de todo el siglo XV.
La llegada de los misioneros españoles a América Central abrió un nuevo capítulo en esta evolución. Impulsados por el idealismo, el milenarismo y las nuevas ideas del humanismo, en particular las de Erasmo de Rotterdam, estos frailes vieron en América la oportunidad de establecer un cristianismo ideal, semejante al de los primeros apóstoles y adaptado a las características de las culturas locales. Los primeros franciscanos, entre ellos el primer obispo de México, Juan de Zumárraga, inspirados por estos ideales reformistas, hablaban de la fundación de una «nueva Iglesia», alejada de los problemas de Europa, y de «plantar la Cristiandad», es decir, establecer un nuevo modelo religioso-social en América. La labor de estos misioneros en México representó un espacio privilegiado para la experimentación con las transformaciones de la religiosidad surgidas en la Baja Edad Media europea.
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