“Pablo de Tarso es la figura más importante en el origen del cristianismo"

 

Antonio Piñero, experto en la vida de Jesús: “Pablo de Tarso es la figura más importante en el origen del cristianismo"

Escritas antes que los Evangelios, las cartas de Pablo son los textos más antiguos que conservamos del cristianismo primitivo

La conversión de Pablo de Murillo.


En la Judea del siglo I, dominada por los romanos, era relativamente frecuente la aparición de profetas pertenecientes al judaísmo que arrastraban a decenas de personas con sus prédicas. La inmensa mayoría quedó en el olvido, pero uno de ellos se convirtió en el personaje más influyente de la historia. Si hoy sigue marcando los días libres y las vacaciones de todos los que leen este texto es, en gran parte, por la figura de Pablo de Tarso.

Pablo fue uno de los puntales en la expansión del mensaje de Jesús de Nazaret, que tiempo después se convertirá en una religión diferente a la judía. El experto en cristianismo primitivo y en la figura histórica de Jesús de Nazaret, no tiene duda: “Pablo de Tarso es la figura más importante en el origen del cristianismo”, señala el historiador en una entrevista en Vozpópuli.

“Sabemos por el historiador Flavio Josefo, que desde la muerte de Herodes el Grande, 4 a. C. hasta el año 66, existieron unos ocho o nueve pretendientes mesiánicos al menos, Jesús no es el único. Luego, había una altísima temperatura mesiánica”, apunta el autor de obras dedicadas al personaje como 'Guía para entender a Pablo de Tarso', y que recientemente ha publicado 'Cómo nació el cristianismo' junto al también investigador Javier Alonso. Según comenta Piñero, ninguno de estos otros mesías “tuvo la suerte de tener un Pablo de Tarso que fue el que resaltó la figura de Jesús”.

No nos cansaremos de repetir en estos artículos sobre la figura del Jesús histórico, que ni él ni ninguno de sus discípulos directos pretendió fundar una nueva religión. Eran judíos y murieron como judíos, todavía no existía una distinción entre las dos religiones. Eso llegará mucho tiempo después, aunque resulta imposible precisar una fecha de una ruptura radical: "Es erróneo opinar que judaísmo y cristianismo se separaron en un momento concreto, que vinieron unos rabinos y unos obispos y dijeron: 'Se acabó. Ustedes por aquí y nosotros por allá'. Estaban mezclados. En el siglo IV algunos celebraban la pascua judía y la pascua cristiana".

Piñero argumenta que fue el salto teológico que convirtió a Jesús en un ser divino el punto que muchos judíos no pudieron aceptar de esos otros judíos que creían en el nazareno, aunque insiste en la imposibilidad de señalar una fecha exacta: “Conozco autores que piensan que hasta el siglo X no hubo una división radical”.

Otro de los errores fundamentales en la comprensión de estos primeros pasos de los seguidores de Jesús es situar a Pablo después que a los evangelistas. Un malentendido causado en buena medida por el propio orden de los textos del Nuevo Testamento que sitúan a Pablo después que los Evangelios. Sin embargo, desde un punto de vista cronológico, las cartas de Pablo son los primeros textos de lo que consideramos autores cristianos. 

Pablo nunca conoció a Jesús y sus cartas se redactaron entre los años 50 y 60 d.C, es decir, unos 20–30 años después de la muerte de Jesús. Mientras que el primer Evangelio escrito, el de Marcos, fue redactado hacia el 70 d.C; después llegarían Mateo y Lucas entre el 80 y el 90 y por último el de Juan, a finales del siglo I. Por tanto, a pesar de la creencia generalizada por la tradición cristiana, ningún apóstol escribió ninguno de los evangelios. Pablo tampoco inspiró el contenido narrativo de los Evangelios, pero cuando esos textos relatan la vida de Jesús, lo hacen desde comunidades donde las ideas paulinas ya se habían naturalizado.

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