Recesión del libro "El sentido del cristianismo. Espiritualidad y trascendencia ante la crisis de valores de occidente"
RECENSIONES en RAZÓN Y FE, julio-diciembre 2025, n.º 1.467,
DOMINGO OSLÉ, Rafael: El sentido del cristianismo: Espiritualidad ytrascendencia ante la crisis de valores de Occidente, Esfera de los libros, Madrid, 2025, 295 pp. ISBN: 978-84-1094-031-4.
El profesor Domingo Oslé, titular de la Cátedra Álvaro d’Ors en la Universidad de Navarra, igual quehizo hace unos años con su libro Espiritualizarse (Rialp, Madrid 2019), publicado con G. Rodríguez-Fraile, con esta nueva obra trata de descender de las alturas académicas para poner a la altura del hombre de la calle sus re!exiones como jurista, preocupado por cuestiones éticas, pedagógicas, antropológicas y, sobre todo, religiosas.
Este libro pretende mostrar lo que podríamos denominar “significatividad” del cristianismo para el mundo contemporáneo. En un contexto en que el último sitio donde se pensaría en buscar solución a los problemas sociales y políticos mundiales sería la fe cristiana, la propuesta de Domingo es acudir al evangelio como remedio para el individuo y la sociedad. Pero su objetivo no es una “restauración” de la cristiandad como sistema político, sino que ve en el cristianismo un enorme potencial para iluminar la sociedad democrática y pluralista occidental.
En la introducción, sin cerrar los ojos al decaimiento del cristianismo occidental, Domingo ve en la secularización una oportunidad más que un obstáculo. Es más, según él, la secularización, “en bastantes aspectos, ha sido de gran provecho para el cristianismo”
Ahora habría llegado el momento de un cristianismo “vibrante, pleno de vida, fresco, audaz y renovador” (p. 30), que ni se acomode a las modas del presente, ni se hunda en el victimismo y el pesimismo.
En el capítulo primero se aborda el respeto, que se ha de diferenciar de la tolerancia. El respeto es un afecto ante algo visto como bueno, mientras que la tolerancia se orienta a una conducta considerada mala (pp. 80-81). El respeto es una forma de amar y, por eso, está dirigido especialmente a las personas, aunque también cabe cierto respeto por los seres vivos y, en último término, a “todo lo creado” (p. 53). El primero que lo practica es el propio Dios, que ha creado este mundo por amor, al cual Domingo llama atrevidamente “Dios-Respeto” (p. 60). El respeto también lleva a buscar el bien ajeno, no a apoyar indiscriminadamente todas sus decisiones. Los cristianos, con otras personas de buena voluntad, han de contribuir a rectificar los abusos a los que lleva el individualismo, la absoluta autonomía moral y otras desviaciones de nuestro tiempo.
La tolerancia es el tema del segundo capítulo. El autor no ignora los episodios de intolerancia y de violencia sufridos y practicados por cristianos. A pesar de muchos desgraciados acontecimientos, cree que el cristianismo nos enseña a practicar la tolerancia. Forma parte de una conducta prudencial ante las conductas que encontramos desacertadas en otras personas. Por tanto, es perfectamente compatible con el respeto hacia ellas. Menciona también las nuevas formas de intolerancia, entre las que destaca la practicada por el movimiento Woke: la así llamada “cultura de la cancelación” (p. 90). Se ha de huir tanto de este extremo como del opuesto: confundir la tolerancia con el relativismo. El cristianismo inspiraría una tolerancia activa que permitiría combatir la injusticia apoyándosesobre el aprecio a las personas. Por eso, el cristianismo mismo no puede ser meramente “tolerado”, sino que se le ha de reconocer su capacidad para contribuir al futuro en una sociedad tolerante y plural.
El capítulo tercero habla sobre el cristianismo y la secularidad. El autor deja claro que secularidad no es lo mismo que secularismo o laicismo, siendo partidario de lo que a veces se ha denominado una “sana secularidad”. Ahora bien, según Domingo, esa secularidad positiva es perfectamente acorde con el cristianismo: “El cristianismo continúa firmemente alineado con el proceso de secularización, que no es sino una consecuencia del amor de las sociedades democráticas a la libertad” (p. 97; ver p. 121). Recordando a Habermas, cree que el cristianismo está en condiciones de proponer ideas para la convivencia desde dentro de su propio discurso religioso y sin tener que renunciar a él para hacerlo.
Frente al intento laicista de construir una sociedad “como si Dios no existiera”, el capítulo cuarto propone una sociedad “con Dios”. Evoca el discurso público contra el teísmo presentado por el New atheism y, frente a él, los intentos de la nueva apologética. Ahora bien, Domingo favorece por encima de todo el acercamiento religioso al cristianismo, centrado en la experiencia espiritual. Además, muestra cómo la propia dogmática cristiana encierra elementos de gran interés para el debate público, como el designio amoroso de Dios y la libertad que entrega al hombre.
Esta línea de argumentación va a ser explotada también en el capítulo quinto, en que se parte de la concepción trinitaria de Dios para extraer consecuencias concretas para la vida común: construir una unidad que no disuelva la distinción entre personas. En este contexto plantea una visión evolutiva de las sociedades según la cual tenderían a tornarse crecientemente solidarias con el paso del tiempo (pp. 169-172), creando vínculos cada vez más universales sin que desaparezcan las diferencias entre unos y otros.
Prolongando esta argumentación, en el capítulo sexto se nos invita a crear una sociedad a imagen de Dios. El hombre mismo ha sido entendido como imagen de Dios por los cristianos. De manera análoga, la idea de imagen de Dios tendría, según Domingo, gran potencia para establecer una sociedad en que primase la solidaridad sin que ello supusiera ningún detrimento para la libertad individual. Esto generaría una sociedad más semejante a Dios, más divina. En cualquier caso, se ha de tener en cuenta que el propósito del autor no es extraer el jugo de sugerentes doctrinas del cristianismo y arrojar después la cáscara seca de éste: “No hay […] endiosamiento sin Dios. La divinización humana solo se produce en Dios porque es causada por Él. Nunca fuera de Él. Y siempre que el ser humano espete las reglas de juego, las leyes divinas” (p. 197).
El capítulo séptimo se fija en un rasgo propio del amor cristiano en que resulta más exigente que otras tradiciones religiosas: el perdón. El cristianismo propone un perdón que no tiene límites y esto lo hace porque vive del perdón del propio Dios. Ese perdón divino es capaz de fecundar la sociedad y provocar diferentes formas de perdón: político, institucional, autoperdón y perdón psicológico. La generalización del perdón en la vida social permite desarrollar formas más perfectas de justicia, sin violar ésta.
El capítulo octavo hace referencia a otra dimensión de la solidaridad: el compartir. En las antípodas de la aporofobia contemporánea, el cristianismo ha convertido la pobreza en una virtud. De ahí que la pobreza deba ser vista como un elemento constitutivo de la vida humana, que nos hace vivir dependientes los unos de los otros. A la vez, la solidaridad nos empuja a combatir la “pobreza extrema” en que viven muchas personas próximas a nosotros —al hacerse el mundo “más pequeño”, estamos cada vez más cerca unos de otros—, incluso estableciendo medidas económicas globales.
El capítulo noveno, por fin, está dedicado a la contemplación. Aunque Domingo va haciendo referencia a lo largo de la obra a distintas tradiciones religiosas, defiende que la contemplación del Dios cristiano articula toda la novedad que está sugiriendo implantar en nuestra sociedad. No se busca aplicar grandes ideales cristianos a ella, sino vivificarla con la fuerza de un cristianismo vivido, espiritual y vibrante.
Por tanto, en este último capítulo, conmemora las famosas palabras de Rahner: “En el siglo XXI, los cristianos serán místicos o no existirán” (p. 286). De ahí que la contemplación constituya el colofón de su propuesta.
El epílogo cierra la obra volviendo a lo afirmado en las páginas anteriores. Es necesario que el cristianismo impregne la sociedad, pero para ello se ha de empezar porque los que profesan esta fe sean cristianos conscientes. Han de estar marcados por una profunda espiritual, para ser capaces de aprovechar el potencial estético y cultural contenidos en su propia fe.
David TORRIJOS CASTRILLEJO
Universidad San Dámaso
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