¿POR QUÉ EL JOVEN ESPAÑOL HACE DEPENDER SU FE DEL SENTIMIENTO?
COPIADO DE
¿Quién fabricó al emotivista religioso?
La respuesta apunta hacia los propios instrumentos institucionales: el currículo de la
asignatura de Religión y la catequesis parroquial ordinaria.
El currículo competencial de Religión Católica aprobado por la CEE ha orientado los aprendizajes hacia el cuidado del desarrollo emocional y cognitivo del alumno y su maduración social. La asignatura queda así definida no por su objeto (la Revelación, el Credo, la moral cristiana) sino por su impacto subjetivo en el alumno. Por sus «valores». Aquí opera una contradicción lógica que MacIntyre analizó en otros capítulos de Tras la virtud: la pedagogía es un medio, no un fin. Convertirla en fin es exactamente el colapso burocrático que describe cuando las instituciones modernas sustituyen el propósito que las justifica por la gestión de sus propios procedimientos. Una catequesis organizada en torno al «cómo» del proceso formativo y no en torno al «qué» de la verdad transmitida ha cometido ese error. La Iglesia ha convertido el método en el mensaje. Y cuando el método es experiencial y emotivo, el mensaje que llega es inevitablemente emotivista.
En la práctica, esto ha producido un modelo que, con variantes, se ha extendido como tendencia dominante en buena parte de las parroquias españolas: la dinámica de acogida con canciones y presentaciones personales, el compartir experiencias del tipo «¿cuándo te has sentido querido?», la lectura bíblica cuya función no es normar la experiencia sino ilustrarla, la síntesis afectiva expresada con un dibujo o una palabra. Existen, por supuesto, parroquias y movimientos que han mantenido o recuperado una catequesis doctrinalmente vertebrada; su labor merece reconocimiento. Pero constituyen bolsas de resistencia frente a una corriente institucional que fluye en sentido contrario y que tiene su expresión más nítida en el currículo oficial aprobado por la propia Conferencia Episcopal.
MacIntyre lo diagnosticaría con precisión: esta catequesis produce personas que expresan preferencias espirituales, no personas que sostienen verdades. Y cuando alguien les pregunta «¿por qué crees?», la única respuesta disponible es «porque me siento bien así», que es exactamente la respuesta que la Nota del 3 de marzo dice querer combatir. Pero es también la única respuesta que el sistema formativo les ha equipado para dar.
Cabría añadir que la misma lógica metodológica ha encontrado respaldo institucional en el proceso sinodal: también allí el criterio de discernimiento ha sido la experiencia narrada y el sentir del pueblo, no la conformidad con el Depósito de la Fe. El emotivismo, en ese caso, no es un riesgo que vigilan; es el método que practican.
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