LA «JERARQUÍA DE VERDADES» EN LA TEOLOGÍA MORAL
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LA «JERARQUÍA DE VERDADES» EN LA TEOLOGÍA MORAL
Artículo de José Manuel Caamaño López
PENSAMIENTO, vol. 75 (2019), núm. 283, pp. 435-451.
RESUMEN: El papa Francisco, por primera vez, extiende la jerarquía de verdades al ámbito propiamente moral de la Iglesia católica.
Pero ciertamente también a semejante a formación cabe introducirle un matiz, porque, de hecho, ya con anterioridad, el Magisterio había señalado una gradación de verdades, aunque lo había hecho en relación a la autoridad de la Iglesia y a la infalibilidad del Papa, tanto en formulaciones de fe como de costumbres.
A este respecto son de interés tanto la «Professio fidei» y el «Juramento de fidelidad» publicados en 1989 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, como la «Instrucción Donum veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo» también de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1990, como por último la «Carta apostólica en forma de “Motu proprio”Ad tuendam dem» firmada por Juan Pablo II en 1998, y que pretende adecuar el Código de derecho canónico y el de cánones de las Iglesias orientales a la «Professio dei» anteriormente mencionada.
No vamos a entrar en un diálogo polémico sobre tales textos ni en los problemas surgidos de su interpretación, sino simplemente señalar lo que suponen para la cuestión de la jerarquía de verdades en la teología moral católica.
Conclusión:
«La verdad es molesta». Así empezaba jean Daniélou su libro publicado en París en 1961 con el título Scandaleuse vérité25.
La verdad y sus testigos siempre han irritado a escépticos y hábiles, a poderosos dominadores y a inteligentes autosuficientes, hasta convertirse en odio de unos y desdén para otros: «cuando se habla de la verdad, algo se crispa en el alma de mucho hombres de nuestro tiempo».
Pero ¿por qué sucede? ¿A qué se debe tal molestia, irritación y crispación ante la afirmación de la verdad?
Parece fuera de duda que la afirmación de la verdad aparece a los ojos de muchos como sinónimo de dogmatismo e intolerancia provocando reacciones no pocas veces combativas. Pero además Daniélou señala también diversos factores que a su juicio producen semejantes reacciones en nuestra época concreta.
El primero es la evolución del espíritu científico, por el cual la comprensión de la verdad sometida a las hipótesis en revisión continua deja poco espacio a la metafísica y a la fe, de manera que «a la noción de certeza sustituye la de aproximación; al sentido de la verdad, el de la búsqueda».
El segundo es la desvalorización de la palabra, que trae como consecuencia que el sometimiento de la verdad o del conocimiento de la realidad a los criterios de observación y verificación hace difícil la noción moral del testimonio o la confianza, que sin embargo son la base del conocimiento de los otros y de Dios.
El tercero es la sustitución del punto de vista objetivo de la verdad por el punto de vista subjetivo de la sinceridad, es decir, el rechazo de la existencia de una moral objetiva a favor de una moral individual dominada, en no pocas ocasiones, por un sentimiento de sinceridad excesivamente subjetivista.
Y, finalmente, el cuarto factor es el de la sustitución del criterio de verdad por el de eficacia, lo que conduce a una devaluación de los principios morales en favor de los resultados previsibles.
En cualquier caso parece bastante evidente que asistimos a una crisis de verdad que afecta también al orden moral que configura la vida cristiana, algo que ha motivado la dura crítica de la encíclica Veritatis splendor hacia algunas corrientes del pensamiento actual.
Pero reconociendo el diagnóstico, tampoco podemos convertirnos en perpetuos profetas de calamidades, sino sobre todo en testigos de esperanza. Este es el sentido más profundo de aquella llamada del Concilio a escrutar los signos de los tiempos, los signos del espíritu, la necesidad de ver cómo a pesar de las dificultades la voz de Dios nos sigue hablando también en los cambios que se van produciendo, cómo la belleza del bien y la verdad sigue, por más que lo neguemos, habitando en el interior del corazón y la conciencia humana. Porque podemos acallarla, negarla, rechazarla o incluso traicionarla, pero nadie puede eliminar esa memoria del bien que siempre se impone llamándonos a la conversión, al arrepentimiento, al perdón y la misericordia.
Ahora bien, la cuestión de la verdad y la jerarquía de verdades en la teología moral es un tema todavía por seguir profundizando. ¿Qué es la verdad? ¿Qué son las verdades? se trata de cuestiones urgentes, porque, y este es mi convencimiento, no puede existir proyecto moral alguno, es decir, proyecto moral sólido y no dependiente de criterios de eficacia o mera preferencia, si no es en referencia constante a la verdad y al bien moral por ella representado.
Y aquí reside, precisamente, el carácter paradójico de la verdad, dado que si por un lado la verdad es aquello en lo que estamos siempre instalados, por otro lado no siempre se hace igual de visible comprenderlo ni tampoco igual de fácil representarlo de una forma concreta en lo que para la vida moral supone. La vida misma es un proceso de descubrimiento de verdades que dotan de sentido a la existencia y nos introducen en ese camino gradual de perfección y santidad, es decir, de bondad plena.
Pero, ¿es la verdad algo objetivo que podemos apropiar? Digámoslo claramente: para el cristianismo la verdad es Jesucristo, o mejor, la revelación histórica del Misterio Absoluto que se da en la vida concreta de Jesús.
En él la verdad adquiere realidad, pero ello no implica que tenga por lo mismo objetividad para el creyente. Porque Jesús no es un mero dato del conocimiento, no es una idea, como no lo es ningún ser humano, sino un misterio al que seguir, un proyecto de vida en el que introducirse. Es, paradójicamente, una verdad inobjetiva, como lo son en el fondo las verdades más esenciales de la vida humana como el amor.
Jesús es la verdad primera y fundamental de la vida moral cristiana. Por eso toda la moral cristiana es y debe ser cristocéntrica, más allá de cómo se interprete o exprese en la práctica de los creyentes tal cristocentrismo, como nos han hecho ver las diferentes visiones de la teología moral posteriores al Concilio Vaticano II.
Ahora bien, seguir a Jesús e introducirse en la verdad de su vida implica realizar verdades concretas, y en este sentido implica también una normatividad moral en donde la razón humana y el Magisterio tienen un papel esencial.
Por eso, siendo inobjetiva, la verdad debe ser representable de alguna manera, algo que se produce de formas diversas y por caminos también diversos. En este sentido ya Benedicto XVI, en su discurso al Bundestag del 22 de septiembre de 2011, afirmaba que «no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy en modo alguno es evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente».
Por eso la teología moral es esencialmente dialógica e interdisciplinar, se nutre del Evangelio, pero también de la experiencia humana (Gs 46). Y es aquí en donde la jerarquía de verdades tiene su lugar para mostrar, desde el reconocimiento de la autonomía de las realidades creadas pero también de una razón iluminada por la fe (teonomía), qué verdades derivan inmediatamente del mensaje global de Jesús, y cuáles tienen o bien un carácter derivado o bien simplemente secundario, sabiendo en cualquier caso que la vida moral es una sola realizada de formas diversas, un proceso de crecimiento pero también de discernimiento, en donde lo particular, en último término, solo cobra sentido en relación con el todo, con la entrega total que exige seguir a la primigenia verdad encarnada en Jesús de Nazaret.
Y es aquí cuando cobran sentido las palabras de Juan Pablo II en Fides et ratio: «verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente» (FR 90), sabiendo que, en último término, quien busca la verdad busca a Dios.
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