La fiebre de la meditación

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AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

La fiebre de la meditación

El pasado mes de junio apareció una polémica nota doctrinal de los obispos sobre el sentido de la oración. 

La nota ha desbordado la vida parroquial para interpelar a practicantes de Zen, Yoga, 'Tai-chí', 'Mindfulness' o incluso control mental. 

Quiere promover el discernimiento ante la efervescencia de ofertas de espiritualidad que parecen tener poco que ver con el patrimonio espiritual de la Iglesia. 

Los obispos constatan dos hechos. Primero, que muchas personas educadas en el cristianismo lo abandonan entregándose acríticamente a las nuevas ofertas terapéuticas de espiritualidades reconfortantes. 

Segundo, que otro grupo de católicos incorporan estas 'nuevas' técnicas a su cesta religiosa y lo ven como una oportunidad para mantener la fe en tiempos recios de secularización y paganismo.

No se trata de un problema entre los obispos preocupados por la ortodoxia y los católicos despreocupados por la heterodoxia. Piense el lector que la demanda social y pública de meditación es tan grande que, ayuntamientos en manos de responsables ateos o agnósticos, e incluso colegios públicos nada sospechosos con belenes o celebraciones navideñas/cuaresmales, ofrecen a los usuarios cursos con estas técnicas porque lo consideran básico en la promoción del bienestar. 

A diferencia de quienes reducen el bienestar a los aspectos materiales, estas instituciones consideran que la práctica y el entrenamiento en estas técnicas de mediación promueve el bienestar integral de los ciudadanos. El problema central es cómo satisfacer adecuadamente una demanda de plenitud vital y sentido que el activismo o consumismo materialista son incapaces de proporcionar. Cualquier experto en formación de personas y recursos (in)humanos sabe que los cursos que más demanda tienen son los de 'Mindfulness' y técnicas de meditación. 

Parece ser que el ciudadano del siglo XXI está reclamando con urgencia una 'filosofía slow', es decir, una filosofía de la lentitud, el silencio y la meditación. Piense el lector que las ofertas de vagones de silencio en Renfe siempre se completan, que la demanda de zonas liberadas de wifi es cada día mayor y que la quietud, el silencio interior y la atención plena son un bien escaso cada vez más valorado. 
Ante esta situación, resulta difícil establecer un criterio de demarcación, un límite entre las ofertas de saldo que tenemos ante la imperiosa demanda. Por eso, el pasado martes tuvimos un coloquio con don Enrique Benavent, obispo responsable de esta nota doctrinal y con el que iniciamos un interesante diálogo que afecta a la transmisión de las creencias y las técnicas más adecuadas con las que las nuevas generaciones entrenan su espiritualidad. Un reto importante que no es sólo espiritual o terapéutico sino cívico y cultural porque la cara del pluralismo político debe afrontar la cruz del pluralismo confesional.

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