Una espiritualidad sui géneris

 

Una nueva espiritualidad sin dogmas, sin iglesias y sin rostro

Es una espiritualidad, abstracta, desdibujada e individualista, adaptada a la lógica de consumo de las sociedades capitalistas, lo que va abriéndose paso en nuestro mundo, respondiendo a la sed perenne de trascendencia que lleva dentro el corazón del hombre

A pesar de que me suelen dar pereza las películas que tienen un éxito rápido, en este caso no me iba a resistir, porque llevo años pensando que Alauda Ruiz de Azúa es una de las mejores cineastas españolas, por lo que al final fui a ver su nueva película Los domingos. Voy a decirlo: la directora vasca ha hecho una obra maestra. Me sumo al coro de aplausos.

Aún estoy admirado con la profundidad sobrenatural de la narración: por ejemplo, se cuentan con los dedos de una mano las veces que hemos visto en la pantalla la valentía de mostrar una experiencia mística, en este caso, en medio de una peleada oración. La escena está compuesta con una finura y una verdad extraordinarias. Quien lo probó lo sabe.

Además, el filme es bellísimo en su humanidad. Los personajes están compuestos con una cercanía y una cotidianeidad conmovedoras, que te hacen recordar decenas de conocidos, porque la historia que cuentan es la experiencia de tantos de nosotros. El padre es un hombre absorbido por las preocupaciones del trabajo y algo débil de carácter, pero también es fuerte en el compromiso con su familia y en el amor a sus hijos.

La tía es madura, fuerte y resolutiva, pero se le escapa la ira y la soberbia por los huecos de su no tan clara tolerancia. La madre superiora está siempre en su sitio, aunque también crea una cierta distancia con su mirada fría. La niña Ainara es encantadora, firme en su fe y en su decisión, pero también la vemos enganchada al móvil y con las inmadureces afectivas propias de la juventud. En medio de esta debilidad humana, que es lo que somos, Dios se hace presente, llama a la puerta, y cada uno responde como puede y como sabe.

El mundo de la cultura, esta intelligentsia que influye tanto en nuestra visión del mundo desde los medios y las redes, ha quedado estupefacto. Ante todo, con la calidad de la cinta, que repito que es una maravilla, pero también con el interrogante que plantea sobre la cuestión de Dios y de su posible intervención en la vida normal y corriente. Unos descubren en una película así el signo del pluralismo que nos ha ganado la laicidad, otros reaccionan directamente con pánico ante una nueva irrupción del catolicismo en España. Algunos lanzan las campanas al vuelo, nunca mejor dicho, porque vuelve la religión, en una venganza secular de la condena ilustrada. Se habla de giro católico, incluso.

Ojalá volviera el Evangelio a nuestra tierra, aunque, en mi humilde opinión, no creo que esto sea lo que está ocurriendo. Y nada desearía más que estar fallando el tiro.

Salvando la experiencia de gracia y los posibles caminos de fe que comiencen con Los domingos, que de seguro existirán, porque la belleza de la película está hablando de la belleza de Dios, no creo que estemos ante la reivindicación de la fe cristiana por parte de la cultura contemporánea. Más bien, considero que la perspectiva adecuada es un divorcio entre religión y espiritualidad, en curso desde hace años.

Son rumores de ángeles, y no el retorno de Dios, lo que estamos presenciando. Es una nueva espiritualidad, abstracta, desdibujada e individualista, adaptada a la lógica de consumo de las sociedades capitalistas, lo que va abriéndose paso en nuestro mundo, respondiendo a la sed perenne de trascendencia que lleva dentro el corazón del hombre. Tras una metamorfosis posmoderna de la noción de lo sagrado, se ofrecen experiencias espirituales de muchos tipos, pero sin dioses, sin dogmas y sin iglesias. Believing without belonging [creer sin pertenecer], se describe en la filosofía de la religión atenta a estos fenómenos.

De hecho, en la película de Ruiz de Azúa, lo eclesial, lo sacramental, lo teológico, está atenuadísimo. Lo más bonito e interesante es el contacto directo de Ainara con Dios. Porque lo espiritual sí se acepta, está de moda, pero siempre que sea sin vínculos. Por eso atrae la vida de los monjes retirados en sus bosques, pero los curas y los obispos nos siguen pareciendo gruñones y acaparan esa mala fama. Por eso Rosalía, más lista que el hambre, publica su nuevo disco envuelto en un aura de misticismo, pero habla directamente de posreligión.

Por lo menos hay una cierta búsqueda, se puede opinar legítimamente. Y es cierto: este revival de espiritualidad habla de una insatisfacción con una vida construida exclusivamente para producir y consumir, sin levantar jamás la mirada de la agenda, del whatsapp y del gps. Estamos de acuerdo que preferimos a los inconformistas.

Pero es decisivo responder a esta necesidad con algo más que aire y trascendencia vaga. El diálogo con la cultura es indispensable, siempre que esté integrado en el anuncio explícito del Evangelio. La misión no cesa ni decae, aunque soplen otros vientos. Es urgente que el testimonio de los cristianos pueda ofrecer a este deseo de espiritualidad que creemos percibir un nombre y unos apellidos: Jesucristo, presente en la vida de la Iglesia.

Jaime López Peñalba es profesor de Teología de la espiritualidad en la Universidad San Dámaso y Consilario de Cursillos de Cristiandad de Madrid

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