Consecuencia de la ideologia de género



Imagen referencial. Pixabay.
CONSECUENCIAS DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO
Asesino de sus padres trasladado a una cárcel femenina de Maine fue denunciado por agredir sexualmente a reclusas

Andrew Balcer, condenado a 40 años de prisión por matar a su padre y a su madre, fue trasladado a la sección femenina de un centro penitenciario en Maine. Desde entonces, varias internas aseguran haber sufrido abusos y vivir en un clima constante de terror.




(LifeSiteNews/InfoCatólica) Un grave escándalo sacude el sistema penitenciario de Maine después de que varias reclusas denunciaran agresiones, abusos sexuales, amenazas e intimidaciones por parte de un preso varón trasladado a un pabellón femenino. Se trata de Andrew Balcer, condenado por asesinar a su padre y a su madre, y que actualmente se identifica como una supuesta «mujer» bajo el nombre de Andrea.

Balcer figura en los registros penitenciarios como un preso de más de seis pies de altura y 310 libras de peso. Su historial criminal es especialmente atroz. En 2016, cuando tenía 17 años, apuñaló nueve veces por la espalda a su madre, Alice, con un cuchillo de caza. Después utilizó la misma arma ensangrentada para matar también a su padre, Antonio, y al perro chihuahua de la familia. Su hermano mayor logró escapar.

Tras cometer los crímenes, llamó a la Policía y, entre risas, relató lo que había hecho. En septiembre de 2018 se declaró culpable, aunque sostuvo que había asesinado a sus padres porque no respaldaban su «cambio de identidad de género». Esa versión fue rechazada por su hermano, que aseguró que sus padres sí le habrían apoyado. Finalmente, Balcer fue condenado a 40 años de prisión.

No se ha aclarado públicamente en qué momento exacto fue trasladado desde la Maine State Prison de Warren a la sección femenina de la prisión de Windham. Sí se ha indicado que las internas aseguran que llevaba con ellas al menos un año. Lo que sí ha quedado claro por los testimonios recogidos es que, desde su llegada, varias mujeres encarceladas comenzaron a denunciar una situación de acoso constante y de abierta inseguridad.

Las acusaciones son gravísimas. Las reclusas aseguran que Balcer ha arrinconado a mujeres, las ha manoseado, las ha besado por la fuerza y les ha hecho propuestas «para embarazarlas». Al menos seis mujeres, y quizá hasta once, habrían presentado quejas por su conducta desde su ingreso en la zona femenina. Sin embargo, más allá de separaciones ocasionales durante investigaciones realizadas, las internas denuncian que no se han adoptado medidas eficaces para protegerlas.

Jennifer Albert, que compartió celda con Balcer, explicó que presentó múltiples quejas sin resultado. «Me he quejado al menos cuatro veces. He ido con las otras cuatro chicas todas juntas y se lo planteamos a los hombres que estaban en el escritorio, que luego se lo trasladaron al sargento. Pero en realidad no salió nada de eso». Su testimonio describe además un episodio especialmente perturbador: «[Balcer] pegó mi cuerpo al suyo, así de fuerte como pudo. Me deslizó hacia abajo para que pudiera sentir [...] que era un hombre».

Otra reclusa, Katie Mountain, de 45 años, relató abusos similares y dijo haber vivido un auténtico infierno. «Es alguien que aterroriza, sinceramente. Me ha hecho pasar un infierno. Me ha empujado contra la pared del baño y ha intentado obligarme a besarle. Me despertaba y lo veía simplemente mirándome, y luego hacía comentarios como: Si no te despiertas, es porque te he asfixiado con una almohada».

Mountain afirmó además que pidió al sargento en seis ocasiones que la trasladaran a otro lugar, y que formuló la misma petición dos veces a la responsable de su unidad. Según su relato, sus solicitudes solo fueron atendidas cuando se negó a regresar a la celda. Su marido, temiendo por su seguridad, se ha dedicado a contactar con funcionarios y con el representante estatal correspondiente para tratar de protegerla, y llegó a asegurar que recurrirá incluso a la Casa Blanca si fuera necesario.

Una tercera reclusa, Megan Reeves, de 36 años, también se vio obligada a compartir celda con Balcer. Su testimonio coincide con el de las demás internas. «Es muy grande; muy intimidante. Es simplemente muy vulgar y muy, muy pervertido. A estas alturas ya se lo ha hecho a muchas chicas, y todas estamos traumatizadas. Muchas teníamos miedo. Incluso informamos a salud mental de que sentíamos que necesitábamos algo con lo que armarnos, porque el personal seguía dándole largas y no veía el peligro, la gravedad de nuestra situación».

El caso ya había atraído la atención de la administración Trump. Pam Bondi se refirió a esta situación en abril de 2025, cuando se anunció que se retiraría financiación federal a las prisiones estatales que alojaran a hombres junto con mujeres. Pero en Maine, los demócratas aprobaron en 2021 una ley que exige que «la ubicación penitenciaria se base en la identidad de género».

Por su parte, la portavoz del Departamento Correccional de Maine, Jill O’Brien, rehusó responder a las preguntas formuladas sobre este caso alegando «normas de privacidad», aunque sostuvo ante la prensa que todas las acusaciones serían investigadas.

La frustración de las internas ha ido en aumento a medida que las denuncias se acumulaban. Mountain explicó que al hablar con la responsable de su unidad recibió una contestación que refleja hasta qué punto la ideología se ha impuesto al deber elemental de proteger a las mujeres. «Hablé con la directora de la unidad y me dijo: “Bueno, yo no hago las leyes en Maine, así que no hay nada que pueda hacer al respecto”».

La misma reclusa expresó con claridad la desesperación que se vive dentro del centro penitenciario: «Pero para mí, cuando llega al punto en que alguien ha agredido a siete mujeres, eso demuestra que esa persona necesita ser trasladada. Y a este lugar simplemente no parece importarle. Actúan con una despreocupación increíble. Yo sabía que venir aquí no iba a ser un paseo. Es prisión. Lo entiendo. Pero no pensé que me meterían con un hombre. Con un depredador».

El caso de Andrew Balcer ha puesto de manifiesto, una vez más, el peligro real que supone obligar a mujeres vulnerables a convivir encerradas con varones bajo el pretexto de la llamada identidad de género. En este caso, además, no se trata de cualquier preso, sino de un hombre condenado por asesinar brutalmente a sus propios padres y sobre el que pesan reiteradas denuncias de conducta depredadora dentro del pabellón femenino.

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