Decir la muerte
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Decir la muerte
Las palabras están hechas para decir la vida por lo que hablar de la muerte es un lenguaje impropio. Pero es necesario decirla para vencer todo lo que ella provoca en el hombre.
La muerte es un problema científico y a la vez filosófico. Cuando se habla del ser humano se habla de vida, persona e historia, por lo que al hablar de la muerte del hombre es necesario hablar de la muerte biológica, muerte personal y muerte biográfica.
El teólogo reflexiona si Dios es un Dios de vivos, esta muerte del hombre no puede ser la última posibilidad, porque El mismo suscita en el hombre un sentido y un futuro a la muerte.
La reacciones ante la muerte pueden ser:
• Miedo, a dejar de ser, por ser un juicio de su vida, por ser encontrado en maldad y asumir las consecuencias.
• Aprecio sereno, esperanza de que se ponga fin a su dolor, al sin sentido, al desgaste de la vida.
• Desprecio estoico, cuando el hombre y la muerte son alternativa, si existe una se aniquila la otra.
• Esperanza, basada en la estructura de la vida personal, en el ansía de eternidad, o bien como en el cristianismo por los signos de futuro anticipado, por su confianza en el poder de Dios, por comprender que aniquilará el mal para mayor gloria de Dios, y por ello gloria del hombre.
¿Puede ser vana esta esperanza? La esperanza del cristiano se basa en la revelación de Dios en la historia, en la revelación definitiva de Cristo, en su muerte y su resurrección. Cuando se concibe al hombre como imagen de Dios, redimido por Cristo, el último destino y la última morada tiene que ser Dios, estar junto a él, y tenerle como máxima posibilidad.
Jesucristo es el único ser histórico del que se ha dicho seriamente que ha resucitado, y los hombres por él y con él resucitaran, afirmación que ellos con su libertad pueden confiar y aceptarla o rechazarla por considerarla imposible. El aceptarla se convierte en el fundamento de la esperanza cristiana.
Al hablar de la muerte, de qué pasa después de ella, el teólogo debe ser muy cauto porque entra el tiempo como medio expresivo, aunque sí se puede afirmar con total claridad la misericordia infinita de Dios y la libertad sagrada del hombre.
La iglesia afirma el valor de las acciones temporales del hombre y a la vez la solidaridad de destino de todos los hombre, así como la conexión de los tiempos entre sí por lo cual solo el final de la historia será fin completo, cuando la aparición gloriosa de Cristo pronuncie la última palabra de cada hombre y sobre toda la historia (56).
El creyente no tiene respuesta a ciertas preguntas, y lo que debe de hacer es confiar plenamente en Dios, dejar su destino en sus manos, y la de los seres queridos, orando o llorando por ellos.
El teólogo afirma:
Renunciamos a confundir el tiempo con la eternidad y, si sabemos de la relación inmediata en que cada hombre entra con Dios tras la muerte, no sabemos en qué relación está su solidaridad con los demás hombres y con la consumación de la Historia universal (p. 57).
La Iglesia también ha hablado de que si somos responsables de nuestra vida, existe la posibilidad de que cuando no se ha completado el destino, llegar a Dios, completarla después de la muerte (Purgatorio); y también si con su libertad ha rechazado la oferta de Dios, el hombre puede quedarse consigo mismo como única posesión (Infierno).
El cristiano ante la muerte siente temor (respeto ante el Dios creador), esperanza (basada en los signos de su fidelidad) y amor ( ante el Amor).
Decir la muerte
Las palabras están hechas para decir la vida por lo que hablar de la muerte es un lenguaje impropio. Pero es necesario decirla para vencer todo lo que ella provoca en el hombre.
La muerte es un problema científico y a la vez filosófico. Cuando se habla del ser humano se habla de vida, persona e historia, por lo que al hablar de la muerte del hombre es necesario hablar de la muerte biológica, muerte personal y muerte biográfica.
El teólogo reflexiona si Dios es un Dios de vivos, esta muerte del hombre no puede ser la última posibilidad, porque El mismo suscita en el hombre un sentido y un futuro a la muerte.
La reacciones ante la muerte pueden ser:
• Miedo, a dejar de ser, por ser un juicio de su vida, por ser encontrado en maldad y asumir las consecuencias.
• Aprecio sereno, esperanza de que se ponga fin a su dolor, al sin sentido, al desgaste de la vida.
• Desprecio estoico, cuando el hombre y la muerte son alternativa, si existe una se aniquila la otra.
• Esperanza, basada en la estructura de la vida personal, en el ansía de eternidad, o bien como en el cristianismo por los signos de futuro anticipado, por su confianza en el poder de Dios, por comprender que aniquilará el mal para mayor gloria de Dios, y por ello gloria del hombre.
¿Puede ser vana esta esperanza? La esperanza del cristiano se basa en la revelación de Dios en la historia, en la revelación definitiva de Cristo, en su muerte y su resurrección. Cuando se concibe al hombre como imagen de Dios, redimido por Cristo, el último destino y la última morada tiene que ser Dios, estar junto a él, y tenerle como máxima posibilidad.
Jesucristo es el único ser histórico del que se ha dicho seriamente que ha resucitado, y los hombres por él y con él resucitaran, afirmación que ellos con su libertad pueden confiar y aceptarla o rechazarla por considerarla imposible. El aceptarla se convierte en el fundamento de la esperanza cristiana.
Al hablar de la muerte, de qué pasa después de ella, el teólogo debe ser muy cauto porque entra el tiempo como medio expresivo, aunque sí se puede afirmar con total claridad la misericordia infinita de Dios y la libertad sagrada del hombre.
La iglesia afirma el valor de las acciones temporales del hombre y a la vez la solidaridad de destino de todos los hombre, así como la conexión de los tiempos entre sí por lo cual solo el final de la historia será fin completo, cuando la aparición gloriosa de Cristo pronuncie la última palabra de cada hombre y sobre toda la historia (56).
El creyente no tiene respuesta a ciertas preguntas, y lo que debe de hacer es confiar plenamente en Dios, dejar su destino en sus manos, y la de los seres queridos, orando o llorando por ellos.
El teólogo afirma:
Renunciamos a confundir el tiempo con la eternidad y, si sabemos de la relación inmediata en que cada hombre entra con Dios tras la muerte, no sabemos en qué relación está su solidaridad con los demás hombres y con la consumación de la Historia universal (p. 57).
La Iglesia también ha hablado de que si somos responsables de nuestra vida, existe la posibilidad de que cuando no se ha completado el destino, llegar a Dios, completarla después de la muerte (Purgatorio); y también si con su libertad ha rechazado la oferta de Dios, el hombre puede quedarse consigo mismo como única posesión (Infierno).
El cristiano ante la muerte siente temor (respeto ante el Dios creador), esperanza (basada en los signos de su fidelidad) y amor ( ante el Amor).
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