El Santo Padre interpela a Europa desde Madrid: «¿Sería ella misma sin la huella de la fe?»



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REMEMORA A SAN JUAN PABLO II: «NO TEMÁIS. ABRID LAS PUERTAS A CRISTO»
El Santo Padre interpela a Europa desde Madrid: «¿Sería ella misma sin la huella de la fe?»

León XIV pidió en el Movistar Arena de Madrid ser «hilos nuevos» para tejer una sociedad renovada y reivindicó que la Iglesia, «experta en humanidad», no puede desentenderse de la cultura, la economía ni el deporte.




(InfoCatólica) El Papa León XIV invitó este domingo a los más de 12.000 asistentes al encuentro con el mundo de la cultura, el arte, la economía y el deporte celebrado en el Movistar Arena de Madrid a ser «hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida», en un discurso que situó la dignidad de la persona humana como fundamento de todo diálogo social y reivindicó la vocación de la Iglesia como «experta en humanidad».

El acto, enmarcado en la segunda jornada madrileña de la visita apostólica a España, reunió a figuras del deporte, la cultura, la empresa y la educación, cuyos testimonios precedieron a la intervención del Pontífice. El actor Antonio Banderas, las deportistas Carolina Marín y Teresa Perales, la bailaora Sara Baras y representantes del mundo empresarial, sindical y universitario pusieron voz a los distintos ámbitos convocados bajo el lema «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte».
La Iglesia, «experta en humanidad»

León XIV arrancó su discurso expresando su alegría por encontrarse en un espacio que «no solo acoge actividades deportivas, artísticas y culturales, sino emociones profundas del ser humano: la alegría, la admiración, el entusiasmo y la esperanza, así como la tristeza y la frustración». Tras elogiar la huella de creatividad que atraviesa la historia de España, visible «en sus ciudades, en sus calles, sus monumentos, en las plazas y jardines, en sus universidades e iglesias, en la música, la pintura, la danza, en su gastronomía», el Papa planteó la pregunta que vertebró todo el discurso: «¿Qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?».

El Pontífice constató que la sociedad contemporánea «posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar», pero advirtió del riesgo de convertirse en «expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce». Frente a esa incertidumbre, recordó que «en el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad» y que la Iglesia, consciente de sus aciertos y de sus errores, «anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo».

Citando a san Pablo VI ante las Naciones Unidas y su propia encíclica Magnifica humanitas, León XIV subrayó que «la actitud de diálogo es parte integrante de su vocación» y que la Iglesia «comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad».
Tres dimensiones de un mismo tejido

El Papa articuló su discurso en torno a tres dimensiones del lema «tejer redes». La primera, un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana, que exige «que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin solo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz».

La segunda dimensión es crear juntos. Evocando unas palabras de Benedicto XVI, según las cuales «la fe es amor y por ello crea poesía y crea música», León XIV recorrió la tradición cultural española para ilustrar el vínculo entre fe y creación artística: «la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta en una Semana Santa, de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien hemos heredado los hermosos himnos del Corpus Christi, que celebramos hoy».

La tercera, servir de modo desinteresado, llevó al Papa a interpelar directamente a Europa: «¿En serio es posible creer que la Europa, a la que tanto amamos, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad?». Y retomó el célebre llamamiento de sus predecesores: «¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo».
El grito de los pobres y el bien común

León XIV dedicó un tramo significativo de su discurso a la exclusión social. «No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia», afirmó citando su carta encíclica Dilexi te. En la misma línea, reivindicó que «las estructuras económicas e institucionales son justas solo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos», según recoge Magnifica humanitas.
El deporte como escuela de humanidad

Antes del discurso pontificio, Carolina Marín aseguró que el deporte «es una verdadera escuela de vida» y defendió «la alegría limpia de jugar por el placer de jugar» frente a «un mundo obsesionado con el rendimiento y el éxito a toda costa». Teresa Perales, por su parte, subrayó que «aceptar nuestra fragilidad y nuestros momentos difíciles no nos hace débiles, nos hace humanos».

El Papa recogió ese hilo y se dirigió al mundo deportivo con cercanía personal: «Pensemos cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego más que escuchando un discurso. Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer». Para reforzar su mensaje, citó a san Juan Pablo II: «En estos tiempos en que por desgracia diversas formas de violencia, y por lo tanto de odio, tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, vosotros [los deportistas] contribuís, por vuestra parte, a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, en una palabra de «saber estar juntos».
Banderas: «La Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia»

El encuentro había arrancado con la intervención de Antonio Banderas, que afirmó que «la relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante» y que «la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad». El actor malagueño evocó las procesiones de Semana Santa de su ciudad natal como ejemplo de fusión entre arte y fe, y sostuvo que «el arte debe ser una alternativa a la violencia». En el ámbito tecnológico, advirtió de que «el arte nos ayuda a recuperar la profundidad y el alma que está tratando de ser robada por inteligencias artificiales que deben estar al servicio del ser humano y no al revés».

En representación del mundo educativo, José María Coello de Portugal, vicerrector de Planificación, Coordinación y Relaciones Institucionales de la Universidad Complutense de Madrid, afirmó que «la educación, especialmente en sus primeros ciclos, constituye un mecanismo insustituible de justicia social». Desde el ámbito empresarial y sindical, Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, pidió «una visión transformadora y profundamente humanista de la empresa», mientras que Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras, rechazó resignarse «a vivir en un mundo que consista en la pugna del último contra el penúltimo». José Álvarez, secretario general de la UGT, defendió que la inteligencia artificial puede ser «una herramienta muy poderosa» siempre que su impacto se regule y distribuya con justicia.
«Seamos hilos nuevos»

El Papa cerró su intervención con una invitación a construir «una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza». Para ello, acudió a san Pablo: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. [...] En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,15-18). «Porque en todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra »magnífica humanidad», concluyó.

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