Los frailes franciscanos que sostienen la Iglesia en la Cuba de los apagones y el hambre
Los frailes franciscanos que sostienen la Iglesia en la Cuba de los apagones y el hambre
Resumen
En Matanzas, Cuba, el fraile italiano Silvano Castelli lidera una misión franciscana desde hace 25 años, restaurando la iglesia de San Pedro Apóstol y colaborando con otras órdenes. Gracias a la negociación de Juan Pablo II con Fidel Castro, Castelli y sus compañeros llegaron a la isla, donde ahora gestionan un centro de Caritas y reparten comida y medicinas. A pesar de los desafíos, ven un resurgimiento de la fe, con adultos y antiguos ateos interesados en la catequesis y el bautismo.
Juan Pablo II logró que el régimen admitiera algunos misioneros, como estos italianos que llegaron hace 25 años a la isla y ya ven frutos.
Religión en Libertad21.09.2026 | 08:26

Franciscanos conventuales y Hermanas Misioneras de Asís en Matanzas, Cuba, en 2018; la comunidad surgió tras la visita de Juan Pablo IIwww.ofmconv.net
Cuba vive sumida en apagones casi diarios que se cuentan por horas, una economía exhausta y un éxodo constante de jóvenes que dejan atrás sus raíces y a sus familias.
En ese escenario, poco invita al optimismo religioso: seis décadas de revolución marxista dejaron a la isla con muchos templos cerrados y una fe pública debilitada.
Sin embargo, en Matanzas, a hora y media de La Habana, un fraile italiano de 78 años lleva un cuarto de siglo demostrando que ese relato de fe agotada tiene grietas por donde entra la luz. Avvenire cuenta su historia de entrega misionera.
Se llama Silvano Castelli y en 2001 fue uno de los tres frailes menores conventuales que fundaron la primera misión de su orden en la isla.
Que pudieran hacerlo no fue casualidad: fue Juan Pablo II quien, en su histórico viaje de 1998 —el primero de un Papa a Cuba—, negoció personalmente con Fidel Castro la entrada de nuevos sacerdotes, misioneros extranjeros, en el país.
Aquel viaje, con su célebre "que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba", fue la grieta por la que después entraron Castelli y sus compañeros, el padre Fernando Maggiori —hoy con 95 años— y el padre Roberto Carboni, hoy arzobispo de Oristán (en la isla de Cerdeña).
Los tres franciscanos llegaron a una iglesia en ruinas, la de San Pedro Apóstol. Castelli dice que aquel templo derruido le recordó a la ermita de San Damián, la que un joven Francisco de Asís levantó piedra a piedra después de escuchar a un crucifijo pedirle que reparara su Iglesia.
Es la misma lógica que ha guiado toda la misión desde entonces: no predicar desde un púlpito reluciente, sino arremangarse primero. El resultado, con los años, fue un premio nacional cubano de restauración y la declaración de monumento nacional para un edificio que estuvo a punto de derrumbarse.
Después de Juan Pablo II llegaron otros dos papas a la Isla: Benedicto XVI la visitó en 2012 y tres años más tarde lo hizo Francisco, en un viaje que Castelli recuerda como el más intenso de su vida sacerdotal: colaboró en la retransmisión de la misa que el Papa celebró ante medio millón de cubanos en la Plaza de la Revolución
Juan Pablo II fue el primer pontífice en visitar Cuba en 1998.
Bajo la mirada del Che Guevara, fue testigo de un encuentro que entonces pareció impensable, el del Papa Francisco con un Fidel Castro ya anciano y retirado del poder.
En aquella visita el Papa argentino, hablando a los jóvenes cubanos, acuñó la expresión "amistad social", germen de lo que después sería la columna vertebral de su encíclica Fratelli Tutti.
Para los franciscanos de Matanzas no fue una frase más: amistad social, dice Castelli, es el resumen de lo que intentan vivir cada día frente a un régimen que durante décadas trató la fe con sospecha, y frente a una sociedad hoy fracturada por la emigración. Hablan de tender puentes en lugar de levantar trincheras.
Ese es, en el fondo, el carisma franciscano que tratan de vivir estos hombres: cercanía a los últimos, alegría a pesar de la pobreza. Los frailes no compiten con las demás órdenes que hay en la isla, sino que colaboran con ellos como una sola familia.
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Gestionan, con apoyo de la Conferencia Episcopal Italiana, un centro de Caritas en Matanzas y una segunda comunidad en La Habana Vieja, entre la iglesia de San Francisco y la parroquia de Santa Clara, donde un grupo de universitarios les ayuda a repartir comida y medicinas importadas a bajo coste que entregan gratis con receta médica.
Esas recetas, simples papeles, Castelli las guarda casi como reliquias: "Son el signo concreto de una necesidad fundamental para este pueblo".
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Lo que no cambia con apagones ni con éxodos, insiste el franciscano, es que "los problemas son una señal de que hay vida, porque el único lugar del mundo que no los tiene es el cementerio".
En esa Cuba cansada asegura ver algo que no esperaba: pequeños grupos de adultos, incluso antiguos ateos, que piden catequesis y bautismo. No es una avalancha de conversiones, aclara, pero es un goteo constante, y veinticinco años después de llegar a una iglesia en ruinas, a los franciscanos de Matanzas les basta con eso para seguir sembrando.
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